Inicio > Memoria Historica > Mons. Romero “EL ECO DE SU VOZ”.

Mons. Romero “EL ECO DE SU VOZ”.


romero.gif

EL ECO DE SU VOZ.

Por Leonardo Aguilera.

Redacción El Observador Juvenil.

Nadie es profeta en su tierra. Así reza uno de los versículos bíblicos más conocidos por la mayoría y que por lo general, se emplea como

un refrán para denotar la incapacidad de un pueblo para reconocer el talento de un miembro del mismo. Pero cuando retomamos el significado de la palabra profeta como alguien que expresa visiones del futuro, o bien, denuncias contra el tiempo presente, el refrán cambia considerablemente de sentido. Y es así como en El Salvador podemos tener en los recuerdos, sin importar el credo o la religión a la que se pertenezca, la memoria de que existió en los duros tiempos del conflicto armado un individuo que pudo justamente ser llamado profeta dentro de su propia patria.
Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, personaje muy conocido por su papel de abogado de los pobres es sin lugar a dudas un ejemplo de cómo se debe emprender una justa lucha por los más necesitados, los oprimidos y los marginados. No a través de armamentos, ni de impetuosos cambios en los sistemas estatales, ni por medio de la presentación de una ideología arrolladora que destruye a su paso a cualquiera que no esté de acuerdo con sus esquemas; sino a través del llamado a la conciencia del corazón de cada mujer y hombre para revelarle que el máximo bien, la máxima justicia, es vivir en armonía, cooperando inclusive hasta en las pequeñeces menos pensadas. No obstante su ejemplo de profeta, su humildad, su martirio y su estilo de vida, el ahora difunto Monseñor Romero no pasa de ser para muchos un desconocido, un símbolo más de guerras, un cura como otros tantos que murieron por seguir hablando de sus ideales aún a sabiendas de su inevitable muerte, o en el peor de los casos-peyorativamente hablando- un asolapado cura guerrillero. No me interesa en este espacio brindar una explicación de las circunstancias que han provocado el nacimiento de tales pensamientos, sino que por el contrario, valerme de esas y otras opiniones del vox pópuli para comunicar una realidad bastante grave y a la cual pocas veces prestamos atención.

Sabemos que desde 1978 hasta 1980, el obispo Romero se mantuvo denunciando desde su púlpito en Catedral Metropolitana la injusticia de la guerra civil, las atrocidades provocadas por el deseo de unos pocos por mantener su hegemonía a costa del atropello de miles y la crueldad de ver asesinarse entre sí a los salvadoreños divididos por ideologías que muchas veces no alcanzaban a entender, fuera por el motivo que fuera. Y no sólo desde su púlpito, sino también desde su acción pastoral de acompañamiento Monseñor Romero atacó las acciones inhumanas que comenzaban a gestarse en los primeros años del conflicto armado que él alcanzó a conocer. Sus más recordadas palabras proféticas “resucitaré en el pueblo” y “yo soy la voz de los sin voz” dieron principio a las esperanzas de cientos de salvadoreños y salvadoreñas que añoraban ver a un El Salvador en paz, sin balas ni bombas.
Demás está recordar la forma en que fue asesinado, enterrado o hacer memoria de sus homilías y acciones. Por ahora lo que nos compete es revisar y comparar las enseñanzas del profeta nacional con nuestra actualidad, con nuestro país del nuevo milenio. Si bien se han firmado ya unos tratados en los que se estipulaban las reglas para la convivencia armónica entre el gobierno y su contraparte, no podemos notar-sinceramente-a gran escala una perfecta tranquilidad en nuestro país. Una buena marcha de los mecanismos sociopolíticos de El Salvador.
Se habla de paz social, de vivir como hermanos, de construir un mejor país, de luchar por el progreso, etc., etc., y sin embargo estamos conscientes de que los vecindarios poco a poco han cambiado su apariencia de residenciales por una más similar a la de una cárcel, o más bien de una jaula. Los autobuses, microbuses, centros comerciales, turísticos, educativos y demás escenarios en los que el salvadoreño se desenvuelve recuerdan mucho la zozobra de los años de guerra. Pero no hay balas, no hay tanquetas, no hay jets caza, ni helicópteros rondando por todos los rincones del celeste firmamento. Hay algo mucho peor que todas esas máquinas juntas, peor que los planes estratégicos de una pelea bélica; pues hoy en día el peligro reside en que los atacantes no son máquinas controladas por uniformados que atacan un blanco, sino humanos dispuestos a sembrar destrucción sobre todo un escenario. Y las homilías de Monseñor parecen quedar sepultadas bajo esa violencia que se supone que ya no debería de existir, pues se firmó un acuerdo de paz…

Hoy por hoy, cada 24 de Marzo es una gran fecha histórica para el pueblo salvadoreño que recuerda a aquel que abogó por los que no tenían voz, y que aún en estos días sigue defendiendo a los más pobres, a los necesitados y afligidos. Ya no está físicamente entre nosotros, ya no predica en su púlpito de Catedral Metropolitana y mucho menos realiza sus visitas de pastoral de acompañamiento. Está ahora su eco, el eco de su voz, resonando entre los desamparados, entre el pueblo que está cansando de cargar con este peso de la violencia en sus hombros. Con el fardo de la inseguridad, del desempleo, de la imposibilidad de parar el círculo vicioso en el que unos a otros nos devoramos para poder sobrevivir en este diminuto pedazo de tierra que llamamos patria. Aunque el obispo parezca enterrado bajo una vistosa lápida en la cripta del templo católico del centro de la ciudad, su eco traspasa la tierra, el concreto, y la desesperación que ahora nos acongoja gracias a la opresión del salvaje capitalismo, que como dulce incienso quiere disfrazarse para esparcir su embriagante aroma e hipnotizar a aquellos que en verdad no deberían apoyar a aquel que los destruye. Su eco llega hoy no como cruenta lucha, ni como consuelo pasivo de resignación, sino como una voz que, por los que no tienen voz ni de garganta de ni de mente, nos empuja a pelear por un futuro mejor iluminándonos con una frase de esperanza: ¡Ánimo hijo, que El Señor no se olvidará del país que lleva su nombre!

Vienen días más duros, días en los que el cielo se tornará más gris, la tierra se pondrá aún más celosa de brindar sus frutos para alimentarnos y los humanos pugnarán entre ellos con crueldad e indiferencia, ya sea en la guerra o bien en una simple discusión de vecindario. No tenemos un horizonte muy grato, y es por eso que quienes ya han experimentado el pasado de nuestro pueblo han perdido el anhelo de ver a un El Salvador más equitativo, y tratan de convencer a las nuevas generaciones de que la situación sólo podría modificarse con un milagro. Pueblo salvadoreño, aún hay donde aferrarse, donde poner la mirada para dirigir nuestro barco a buen puerto. Más allá de esquemas humanos sociopolíticos y económicos, la vida de Monseñor Oscar Romero nos traza un sendero en el que cambiando cada quien desde lo más profundo de su ser, puede contribuir a provocar ese milagro.
El milagro de ver a El Salvador salir de sus traumas de post-guerra, e iniciar un camino hacia el verdadero progreso: el progreso del corazón de hombres y mujeres.
Dijo Monseñor: “Resucitaré en el pueblo”. Tratemos de hacer realidad esas palabras…

boton asamblea flm

Anuncios
Categorías:Memoria Historica Etiquetas: ,
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: