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Adviento Segun Monseñor Romero


monsenor-romeroADVIENTO, EL TIEMPO DE LA ALEGRE ESPERANZA

Por Mario Antonio Luna.
Observador Juvenil / ABP El Salvador.

Es una dicha para todo el pueblo de DIOS el poder reflexionar precisamente ante un gran acontecimiento histórico que marco a la humanidad entera, me refiero al misterio de la encarnación del Hijo de DIOS, el Cristo, el Mesías, el libertador de toda la humanidad.  La vida del cristiano debe ser un pleno adviento, un pleno conocimiento del misterio de la encarnación de Jesús de Nazaret, quien inicia un proceso inmenso de humanización y de sentido a la verdad de la palabra revelada.

Adviento es presencia de DIOS, es meditación y acción sobre el hecho histórico más trascendente de la vida misma, Monseñor Romero en su Homilía del 3 de diciembre de 1978, nos enseñaba lo que en realidad es el adviento:

ADVIENTO, EL TIEMPO DE LA ALEGRE ESPERANZA

Hoy voy a tener la oportunidad de predicar, sacando de las lecturas de la Biblia, sobre los sentimientos que un cristiano debe tener en este tiempo de Adviento. Para eso se predica en la Iglesia, para hacer una orientación cristiana, para cristianizar la vida de los que escuchan. Yo no tengo otra pretensión, no soy más que un predicador de la Palabra de Dios y sé que el éxito está en ustedes: en la buena voluntad con que reciben el mensaje de Dios y tratan de hacerlo vida. También yo trataré de vivir estas cuatro semanas de Adviento, de preparación para la Navidad, en la alegre esperanza; pero viviendo estas virtudes que ahora nos señala la Palabra del Señor:
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1. Pobreza y hambre de Dios.

2. Vigilancia y fe.

3. Presencia cristiana y activa en el mundo.

¡Esto es Adviento! ¡Este es el mensaje de la alegre esperanza del Adviento! Como ven, la palabra del Evangelio nos trae alegría, nos trae optimismo sin salirnos de la realidad dura que vivimos; en el corazón del cristiano hay alegría, hay esperanza, hay fortaleza; nada nos puede quitar la alegre espera del Señor.

Adviento es un llamamiento al espíritu de pobreza y del hambre de Dios. Adviento, preparación de Navidad, es tiempo de conversión. El que se convierte, busca a Dios. Pero, ¿cómo va a buscar a Dios el que no reconoce que tiene necesidad de Dios? También, nadie desea la libertad si no se da cuenta que está encadenado, esclavizado a alguna situación. No se puede desear la liberación si no se tiene conciencia de ser oprimido. Por lo tanto, la pobreza es cabalmente eso. Cuando hablamos de la Iglesia de los pobres no estamos haciendo una dialéctica marxista, como si la otra fuera la Iglesia de los ricos; lo que estamos diciendo es que Cristo, inspirado por el espíritu de Dios, dijo: “Me ha enviado el Señor a evangelizar a los pobres”. -Palabras de la Biblia-, para decir que para escucharlo es necesario hacerse pobre. La pobreza del Adviento consiste en un hambre de Dios. El pobre tiene hambre y el hambre que el Adviento quiere excitar es la justicia, la paz y la verdad.

Vigilancia y fe. Adviento significa también la segunda venida de Cristo cuando vendrá a juzgar, cuando va a venir a comenzar su obra. Ahora estamos trabajando esta obra en la Iglesia haciendo el Reino de Dios. Fuera de la Iglesia también, todo hombre que lucha por la justicia, todo hombre que busca reivindicaciones justas en un ambiente injusto, está trabajando por el Reino de Dios y puede ser que no sea cristiano. La Iglesia no abarca todo el Reino de Dios. El Reino de Dios está más afuera de las fronteras de la Iglesia y, por lo tanto, la Iglesia aprecia todo aquello que sintoniza con su lucha por implantar el Reino de Dios. Una Iglesia que trata solamente de conservarse pura, incontaminado, eso no sería Iglesia de servicio de Dios a los hombres.

La Iglesia auténtica es aquella que no le importa dialogar hasta con las prostitutas y los publícanos como Cristo con los pecadores; con los marxistas, con los del Bloque, con los de las diversas agrupaciones, con tal de llevarles el verdadero mensaje de salvación. Cristo viene también a salvar al hombre donde quiera que se encuentre. Quiere salir a todas las encrucijadas y quiere salir este Cristo en su Iglesia, en sus cristianos, a la espera del juicio final, cuando se va a consumar la historia, cuando se creen los cielos nuevos donde no habrá injusticias y se aparten las injusticias en el lugar que les corresponde, porque la última palabra la dirá el Señor.

Adviento es Vigilancia y fe, una vigilancia que ya hace presente en medio del mundo actual a ese Cristo que está operando los cielos nuevos. El cristiano no es un hombre que lo espera todo en el futuro, el cristiano sabe que Cristo ya hace veinte siglos que está trabajando en la humanidad y que la humanidad que se convierte a Cristo es el hombre nuevo que necesita la sociedad para organizar un mundo según el corazón de Dios.

La restauración del mundo ya está iniciada, dice el Concilio solemnemente: “Desde que Cristo vino trayendo la vida de Dios a injertarla en el corazón de la historia, ya puso la levadura divina en la humanidad, y dichosos los que la encuentren y se incorporen a ella”. Por eso repugna, hermanos, que a una Iglesia que trata de hacer presente entre los pecados actuales, entre los errores, actuales, a ese Cristo, se la critica. Se quiere conservar un evangelio tan desencarnado que, por lo tanto, no se mezcla en nada con el mundo que tiene que salvar. Cristo ya está en la historia, Cristo ya está en la entraña del pueblo, Cristo ya está operando los cielos nuevos y la tierra nueva y el trabajo de Adviento es precisamente esa vigilancia y fe: descubrir a ese Cristo que está viniendo continuamente.
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El Adviento no son sólo las cuatro semanas preparatorias de Navidad, sino que Adviento es la vida de la Iglesia. Adviento es la presencia de Cristo valiéndose de sus predicadores, de sus sacerdotes, de sus catequistas, de sus colegios católicos, de toda la obra que quiere realizar el verdadero Reino de Dios, para decirle a los hombres que la profecía de Isaías ya se cumplió: ¡Emmanuel, Dios con nosotros!.

El Adviento debía de llamarnos la atención para descubrir en cada hermano que saludamos, en cada amigo al que le damos la mano, en cada mendigo que me pide pan, en cada obrero que quiere usar el derecho de organización en un sindicato, en cada campesino que va buscando trabajo en los cafetales, el rostro de Cristo. No sería capaz de robarle, de enseñarle, de negarle sus derechos, es Cristo y todo lo que haga con Él, Cristo lo tomará como hecho a Él. Este es el Adviento, Cristo que vive entre nosotros.

Adviento es presencia cristiana y activa en el mundo. El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Finalmente, hermanos, Adviento es presencia cristiana en el mundo. Celebremos la Encarnación, no se olviden. Celebramos el gesto infinitamente amoroso de Dios que de tal manera amó al mundo que le dio a su propio Verbo, su propia palabra, su propio Hijo, para que se hiciera hombre en las entrañas de María. María debe ser un personaje central en el Adviento. Gracias a esa mujer purísima, Dios encontró el seno de una mujer santísima donde el santísimo Verbo de Dios se hiciera hombre. Pero fíjense, Cristo se hizo hombre de su pueblo y de su tiempo: vivió como un judío, trabajó como un obrero de Nazaret y desde entonces sigue encarnándose en todos los hombres. Si muchos se han alejado de la Iglesia, es precisamente porque la Iglesia se ha alienado un poco de la humanidad. Pero una Iglesia que sepa sentir como suya todo lo humano y quiera encarnar el dolor, la esperanza, la angustia de todos los que sufren y gozan, esa Iglesia será Cristo amado y esperado, Cristo presente; y eso depende de nosotros.

Adviento es un llamamiento para decir que aún en el mundo más podrido se puede vivir la alegría más íntima y se puede ser testimonio de Cristo ante una sociedad corrompida. Ante un mundo que necesita transformaciones evidentes sociales, ¿cómo no le vamos a pedir a los cristianos que encarnen la justicia del cristianismo, que la vivan en sus hogares y en su vida, que traten de ser agentes de cambio, que traten de ser hombres nuevos? Porque como dice Medellín: “De nada sirve cambiar estructuras, si no tenemos hombres nuevos que manejen esas estructuras”. Hombres con los mismos vicios, con los mismos egoísmos… si se cambian las estructuras, si se hacen transformaciones agrarias y demás, pero vamos a ocuparlas con la misma mente egoísta, lo que tendremos serán nuevos ricos, nuevas situaciones de ultraje, nuevos atropellos. No basta cambiar estructuras, es esto del cristianismo y en esto he insistido. Por favor, entiéndanme que el cambio que predica la Iglesia es a partir del corazón del hombre. Hombres nuevos que sepan ser fermento de sociedad nueva.

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