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El llamarse igual a papá


Por Mauricio Vallejo Márquez.

Observador Juvenil/ABP El Salvador.

En algún lugar debe de haber surgido la tradición en la que el padre nombra a su hijo igual que él. Así tenemos que Luis llama a su hijo Luis y Pedro a su retoño Pedro… y así en muchos casos, no sólo en Latinoamérica, sino que en España y en los países de culturas anglosajonas. No sé si en África o en otro continente pasará lo mismo.

En algunos momentos esto representa un sin fin de confusiones que empiezan en el hogar, siguen en los círculos de amigos y casi siempre cuando se contesta el teléfono, sobre todo si las voces de los afectados se parecen. Sin embargo, para algunos es un verdadero orgullo ponerle su nombre a su hijo, mi padre por ejemplo así lo vio y se lo agradezco pues heredé el nombre “Mauricio Vallejo”. Claro que no nos llamamos exactamente igual, pero la confusión se da a menudo, incluso me he encontrado con individuos un poco despistados que creen que yo soy mi papá (menuda confusión) porque la diferencia de edades sería evidente, así como el color de la piel y la estructura del cabello.

El nombre me gusta y creo que no lo cambiaría, sin embargo para darle todo su crédito a mi padre y a la vez a mi mamá firmó Mauricio Vallejo Márquez, pero también por otras razones: la primera para demostrar que su obra está viva y él tiene su propio nombre dentro de las letras nacionales y así no confundan a los autores pensando que un cuento de mi papá es mío o un poema. Segundo para evitar esas terribles confusiones que no caen mal, pero tampoco agradan, en las que me preguntan si yo no estuve desaparecido.

Con mi padre compartimos además del nombre el hábito de la literatura y las ciencias políticas, la afición al ajedrez y un tanto el carácter. Estas cosas no las sé porque yo estuve con él, tenía un año y medio cuando lo desaparecieron, sino porque la gente habla de él y yo escucho. No compartimos espacio, porque yo habito aquí, mientras que él ya trascendió este mundo. Ambos tenemos diferentes tiempos verbales para nuestras aficiones, yo las vivo en presente, en cambio las de mi padre las recuerdo en pasado continuo.

Sin embargo, ahora que soy más viejo que mi padre el nombre me sigue quedando en el pecho como un enorme galardón que el tiempo jamás me podrá quitar, como sucedió con mi padre, que me fue arrebatado por el odio. Pero su recuerdo, su nombre y su sangre siguen conmigo y hasta ahí llegara la tradición, porque mi hijo merecía su propia personalidad y él no iba a ser Mauricio tercero, ya suficientes Mauricios hay en la familia como para seguir ampliando una tradición que logra confusiones en casa y en otros tantos lugares, aunque quién sabe, hay algo hermoso de vivir con el nombre de nuestro Padre, es como vernos cara a cara sin ser los mismos, pero siendo.

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