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Una Madre, Una Hija y Un Amor.


Por Dagoberto Gutiérrez.

Observador Juvenil/ABP El Salvador.

Se conocieron hace mas de 70 años, a partir de ese momento fueron entrañables, la niña Nena Alas y su hija Angelita Romero, no se separarían nunca hasta el día 12 de mayo, cuando en una tarde de sol furioso y horas adormecidas, la madre fue enterrada en el cementerio de ciudad arce y a las 4 de la tarde y cuando una bandada de Urracas deshacía su nido en un árbol de pepeto del cementerio local y una parvada de nubes oscuras se desplomaban sobre los cerros vecinos, cansadas de viajar y listas para morir.

La niña Nena, madre de otros 3 hijos, murió a las 8 de la mañana del día anterior sin padecer enfermedad conocida y sin sufrir dolor alguno, a los 94 años ella, que fue la abuelita amorosa de sus nietos, nietas, y bis nietos y hasta de algún tataranieto, siempre fue una viajera de caminos conocidos, hasta que se encontró, de frente y en silencio, con uno desconocido pero entrañable.

Madre e hija se conocieron, se entendieron, se apoyaron mutuamente, se ayudaron en la crianza de sus hijos respectivos y entre las dos, la niña Nena y la Niña Angelita, hicieron que el esposo de una y padre de la otra, Don Teodulo Romero viviera como rey, atendido y cuidado por ambas; pero también el ingenio de las dos siempre permitió que en ese hogar la voluntad real y las decisiones reales en toda la vida cotidiana, las tomara la Niña Nena, aunque no parecía ser así por que siempre Don Toyo parecía decidir, pero solo parecía, porque la primera y la última decisión, se tomaban de acuerdo a lo que su esposa resolvía, sin contradecir al patriarca pero sin hacer lo que éste dictaba.

La conspiración de madre e hija llegó también en ciertos momentos a las nietas que aprendieron a entender y manejar al patriarca todo poderoso, meticuloso pero bondadoso.

Toda su vida doña nena se vinculo al comercio de los alimentos y diariamente viajó de Ciudad arce al Congo, su canasto y su yagual anunciaban el queso, la crema, los ejotes, los güisquiles, los mangos, los nances, las anonas y, diariamente en las tardes, abordaba el tren para regresar a Ciudad Arce. Sus nietas la esperaban a la orilla de la línea férrea y sabían que siempre llevaba algo de comer y esa era la fiesta de las nietas y su abuela. La Niña Nena siempre supo las necesidades de su hija Ángela y siempre apoyó, siempre aportó para que sus nietos tuvieran algo para llevarse a la boca, para sonreír y vivir, en los buenos y malos momentos.

Las dos mujeres, madre e hija, se hicieron abuelas y tuvieron nietos y siguieron juntas y de los nietos salieron bisnietos y de estos tataranietos, pero un día de tantos muere don Toyo, hace 11 años y la vida de doña Nena pierde su ritmo porque aunque ella fue dueña siempre de un sentido del humor inmejorable, la ausencia de don Toyo creó un vacío no superable. Los años de vida y la edad inevitable mas los largos años de trabajo la convirtieron en una anciana con mucha sabiduría, inteligencia en guardia y humor salpicante.

Todos los días leía la biblia como buena cristiana y sin necesidad de anteojos, pero un día dejó de hacerlo; ese día no se puso su delantal y tampoco entró a su cocina, y pasó a vivir con su hija Ángela. Siempre se habían cuidado mutuamente, pero a partir de ese día, la Niña Angelita asumió la vida de su madre como una madre cuida a su hija.

La vida toda había dado vuelta y la niña nena lo supo rápidamente y ella, que siempre fue independiente, que siempre tomó decisiones y fue, en todo momento, entregadora de amor y de vida supo, en silencio, que sus energías se fugaban minuto a minuto como el día se escapa con la noche: en silencio y sin retorno.

Lentamente la memoria la abandonó y perdió la memoria corta, cuando llego el Alzheimer también perdió casi toda relación con la realidad. Pero siempre supo que su hija Angelita estaba con ella y en ella, aunque, finalmente, los últimos días parecía no saber de quien venia todo el amor, entrega y ternura con que su hija velaba su sueño en la noche y cuidaba su vida durante el día.

Murió tranquilamente como dormitando, como pajarito en su nido de viruta, en paz y en concordia, tal y como había vivido siempre. Su corazón de amor dejó de palpitar tranquilamente y la vida se escondió en algún lugar del universo, como el principio se refugia en el final.

Un gran corazón se silenció y el mundo perdió una vida llena de bondad, de solidaridad y de amor.

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