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Los Locos de Mi Tiempo


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Por José Mario Olmedo Baratta.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

El San Salvador de los sesenta era una ciudad pequeña todavía con visos de modernización y con apenas unos doce semáforos en sus bocacalles más concurridas, el boulevard de Los Héroes se llamaba Juan Lindo, nombre que se cambió luego de la guerra de “las cien horas” contra nuestros hermanos hondureños en 1969, dado que el señor Lindo fue un presidente hondureño que tuvimos por acá.

Los edificios emblemáticos de la época  eran la torre López que en el sótano tenía el cine Izalco, el Comercial que era un complejo de oficinas  que tenía una barbería famosa en un mezzanine central, el Gran Hotel San Salvador con su popular cafetería el Skandia y su bar El Quijote, el viejo Casino con su piscina subterránea, el moderno Banco Hipotecario con sus gradas eléctricas, el Darío con sus innumerables comercios, consultorios y oficinas, el Banco Central de Reserva, el edificio Chaín que albergaba las oficinas de Tránsito a donde teníamos que sacar las licencias de conducir, enfrente el cine Darío con sus poemas en las paredes laterales; al dejar el centro te encontrabas con la embajada de los USA, el Petes Donuts, el recién edificio La Fuente, el nuevo hospital Ginecológico.

Bonita era la ciudad, la polución era mínima ocasionada para variar por el humo de los pocos buses que circulaban, siempre existió el desorden generado por las ventas ambulantes pero eran un diez por ciento de lo que tenemos ahora. Todavía había policías ordenando el tráfico a donde no existían semáforos, se miraban vehículos americanos más que japoneses, las grandes” lanchas” Chevrolet y Ford circulaban sin problema en las estrechas avenidas.

El término circulación me trae a la memoria un primer loco de mi tiempo, “Carrito”, era todo un personaje, se incorporaba al tráfico vehicular haciendo los movimientos de un vehículo, la oreja era su llave y haciendo un movimiento sobre ella se encendía, los policías lo regañaban porque era peligroso su atropello, cosa que sucedió varias veces, pero él fiel a su locura y a su afán de sentirse motorizado, aparecía enyesado y vendado en medio del tráfico automotor, acelerando en los altos para ganarte la salida, hasta que finalmente murió.

En el viejo centro circulaba otro personaje, el famoso” Chico Andá a Bañate”, siempre con su cabeza rapada, creo que en el cuartel de la policía lo pelaban y bañaban de vez en cuando porque a veces aparecía bien “chayneado”,  los jóvenes le gritaban su apodo y él les aventaba piedras que guardaba en sus bolsillos, después más viejo ya sin fuerzas agarraba el bordón sobre el que se apoyaba y reaccionaba dándole porrazos al carro que estuviera estacionado a su paso. Estaba continuamente hablando una rara jerigonza y soltaba una que otra mala palabra, la gente se cambiaba de acera cuando lo miraban venir.

El ir al cementerio general te garantizaba encontrarse a otro de los célebres locos de mi tiempo, el “Te Pica”, viejo gordo, calvo, con saco y camiseta debajo, se te acercaba a darte el pésame por el deudo fallecido y acompañaba el cortejo hasta darle su adiós final, mi papá le daba un “peso” para que dejara de fregar a los dolientes, a la gente no le gustaba que los abrazara sobre todo a las cipotas que las estrujaba demasiado con su efusiva condolencia.

A estos dos últimos personajes el conocido conjunto musical la Fiebre Amarilla, les compuso sus canciones inmortalizándolos así en esta nuestra corta memoria histórica.

A la salida del colegio caminábamos hacia el oriente a la veinticinco avenida y allí en la intersección con la primera calle estaba el temido Rubén, ese era algo violento nosotros lo fregábamos y nos perseguía, en más de una ocasión le pegó una buena pedrada a uno de nuestros compañeros, tenía una rara úlcera en una de sus piernas, cuando se le agravaba no nos podía seguir y sólo nos soltaba la consabida “puteadita”.

Simpático el San Salvador de mis recuerdos, simpáticos los loquitos que en él furulaban, al menos eran auténticos y se incorporaban a su manera al existir de la ciudad. Ahora seguramente habrá más locos pero yo no me los puedo, creo que nadie se puede los nuevos apodos, la ciudad se come a todos esos personajes, la ciudad que crece en su desorden y arrasa con todo y con todos.

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