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Digitando obra de Mauricio Vallejo


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Por Mauricio Vallejo Márquez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Cuando cumplí mi mayoría de edad tuve un regalo de mucha responsabilidad. En ese momento vi coronado el petitorio constante que le hacia a la madre de mi madre, intuía su importancia, pero no quizá su magnitud. En ese año mi abuela me permitió empezar a crecer mientras desenterraba la obra de mi papá (Mauricio Vallejo). Y junto a Alex Guardado, Godofredo Carranza, mi tío Luis Manuel y Atxil Josa nos turnamos las dos palas, la fuerza y el descanso que trajo como consecuencia un buen número de escritos de mi progenitor y la esperanza de que su voz no quedaba en el silencio.

Aunque durante diez años he digitado obra dispersa de él para periódicos o revistas que me lo han solicitado, nunca me había sentado en verdad a digitar toda la obra que estaba enterrada o a investigar las publicaciones que se han hecho en El Salvador (como primera etapa). Así que las últimas semanas me he dividido en varios roles y vamos avanzando.
Los cuentos en su mayoría están en archivos, al igual que la poesía. Con la novela seguimos laborando. El teatro aún le damos tiempo. Las cartas, que están muy buenas, también están avanzando (estás últimas fueron encontradas en otro lugar). Sus ensayos apenas se están ordenando. Hoy nos hemos comprometido para que todo esté terminado pronto, sobre todo los cuentos pues tenemos un trato editorial.

He disfrutado mucho leyendo y releyendo a mi padre, pues al sólo tener 23 años cuando lo desaparecieron es sorprendente que escribiera tan bien, de igual forma el gran número de publicaciones. Me conmueve que me menciona indirectamente en varios escritos, así como la alusión completa en poemas como Engrasando motores.

Mi padre creció en Tonacatepeque, donde vivió su infancia con una discapacidad que le dificultaba caminar. Durante mucho tiempo se vio forzado a no moverse, pero lograron operarlo y caminó. Los niños del pueblo como Alonso Erroa, Edgardo Quijano, el tío Tony y otros no lo dejaban solo, se ingeniaron para que jugara con ellos y sin reparos lo subieron sobre un cerdo y lo amarraron para que no se cayera. Eran grandes las carcajadas de disfrute que mi papá lanzaba y que esos niños no olvidan de su amigo sin importar que tienen más de 28 años sin saber de él.

Me imagino que al superar ese problema mi papá no se sintió limitado para seguir el camino que se decidiera y trabajo con ahínco para ser un escritor y un defensor de la justicia sabiendo que la consecuencia podía ser la muerte, como lo fue. Los escuadrones de la muerte lo detuvieron un instante, pero su obra ahí está y ahora yo tengo la responsabilidad de darla a conocer. Así que estoy en el esfuerzo.

Cada vez que reproduzco algunas de sus líneas me imagino que a la mayoría de escritores les gustaría que sus hijos o alguien se encargara de divulgar su obra, tanto los que ya murieron como los que aun están. Recuerdo lo que me dijo Carlos Santos: “Ya quisiera yo que Kalín hiciera lo que tu haces si yo me muriera”.

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Categorías:Opinion
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