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Un Viaje Desde Santa Maria


Por Dagoberto Gutierrez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Una llovizna pertinaz caía sobre El Transito y el calor se resistía en calles y esquinas, por eso Lisseth, la hija mayor del enfermo, tenia su frente perlada de sudor, al entrar a la clínica donde su padre, postrado por una enfermedad fulminante, no se dió cuenta de la visita, ni supo además que estaba cerca de su casa, de sus seres queridos, del Instituto Nacional de Santa María, pero lejos de la vida.

Pedro Jiménez, era el Subdirector del Instituto de Santa María, de baja estatura y moreno, de manos pequeñas, de profesor, y pelo lacio, un poco gordito y tranquilo para caminar, de voz suave, pero precisa, explicativo en su platica. La vida de Pedro, de 43 años, fue la subdirección del Instituto desde 1999 y, diariamente caminaba de su casa al centro educativo 8 cuadras y su vida trascurría entre su casa y las aulas escolares, entre sus clases y las platicas familiares.

Sus tres hijas: Lisseth, Teresita  y Toñita, eran alumnas del centro educativo y lo acompañaban todos los días al Instituto, siempre platicaban de algún tema familiar o de sus problemas estudiantiles, de modo que el padre se confundía con el profesor. Los novios de las hijas tomaban todas sus precauciones para no incomodar al subdirector del instituto; aunque éste siempre era cuidadoso y condescendiente con sus hijas adolescentes, el sabía que novios no le faltaban sobre todo a la mayor, pero siempre el padre aconsejaba a las hijas sin represión y sin fuerza. Entre padre e hijas siempre hubo confianza y entendimiento.

Pedro era miembro de la Iglesia Luterana,  y de ahí tomó su vinculación con los seres humanos más necesitados, con los más últimos y los más mínimos, en su trabajo enseñaba desde esa perspectiva y por eso siempre estuvo al lado izquierdo de la creación.

Toda su  vida dedicada a la enseñanza, fue alterada de repente, cuando un día jueves a las 11 de la mañana un fuerte dolor de cabeza, inesperado y tenaz, le impidió continuar con su clase. Sin anuncios previos y sin dolores que la anunciaran, ese día se inicio una breve, intensa carrera hacia el fin. El dolor le apretaba todo su ser y los médicos, no descifraban el código secreto de la culebra de fuego que lentamente ahogaba la vida del profesor Jiménez.

No dejó de asistir a sus clases, pero su corazón no palpitaba con el mismo ritmo y cuando miraba el verde tropical de Santa María, algo le anunciaba que la lujuriante frescura de la vida se estaba durmiendo, minuto a minuto, en sus entrañas. Su esposa Teresita no llegó a presentir ningún desenlace definitivo, porque su marido siempre fue saludable y resistente ante dolores y sobresaltos, sin embargo, la persistencia y agudeza del malestar y la manera como diariamente la enfermedad silenciosa quebraba la vida de Pedro, le hizo darse cuenta que algo nuevo se escondía, arteramente, en la vida cotidiana del padre de sus hijas.

Diez días después del primer dolor de cabeza, pedro perdió el conocimiento en su casa; eran las diez de la mañana de un día miércoles,  nubarrones se movían en el cielo llenos de lluvia, parecían venir desde el Chaparrastique pero la mañana era calurosa como todas. Pedro calló de repente en la hamaca en que descansaba, el vaso de agua del que tomaba, se estrello en el piso y Pedro, dejó de sentir y de ver la luz del día, pero siguió respirando. Nunca antes esto había ocurrido y Teresita lo traslado a una Clínica médica de El Transito, la ciudad más cercana a Santa María. Aquí empezaría el último tramo de una carrera corta pero fulmínate.

Los médicos no supieron o no dijeron, cual era, a ciencia cierta, la enfermedad que degollaba la vida de pedro, el enfermo seguía respirando en su cama, y cuando Lisseth entró, al día siguiente a las 6 de la tarde, para ver a su padre, los últimos rayos de luz del día que se fugaba entraban, febrilmente, por una ventana; todo indicaba que la vida de Pedro también se fugaba, como el día, hacia la noche.

La hija no supo cuando entro a la habitación, que su padre tenía pocas horas de vida, murió 3 horas después. Pedro Jiménez fue un hombre de bien, pero como todos hizo el viaje irrenunciable, sin hora y sin tiempo. Al fin y al cabo la eternidad todavía no se enamora de la vida, pero ésta sigue caminando en el recuerdo.

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