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La Pedagogía de la Esperanza. Homenaje a Paulo Freire a Doce Años de su Partida


Por Guillermo Lopez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

https://i2.wp.com/www.uls.edu.sv/images/stories/paulo-freire.jpgUno de los lastres de los sistemas educativos y de sus correspondientes subsistemas es la visión fragmentada que ha prevalecido en relación con los saberes y con las cosas del mundo. Las disciplinas se han abordado y se siguen abordando como compartimientos  estancos cual si no tuviesen solidaridad o transversalidad ante la complejidad y multidimensionalidad de los fenómenos de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. Obviamente, como parte de los mecanismos de dominación, manipulación y  control social, esa fragmentación se ha promovido también en las conciencias y en el campo de las relaciones sociales por parte de las visiones oscurantistas desde los espacios del poder en el marco de la aguda polarización social generada por el capitalismo.


La fragmentación como vacío epistémico, afortunadamente, ha tenido respuestas que en mucho han contribuido a la formación integral de sujetos que han podido arribar a rupturas, innovaciones y a una praxis que pondera el autoconocimiento, la alteridad intersubjetiva y el compromiso sociohistórico.

La pedagogía de Paulo Freire es un vivo ejemplo de cómo lo disperso y lo diferente pueden articularse en discursos críticos, propositivos y alternativos.

El pedagogo brasileño nació en 1921 y falleció en Sao Paulo el 2 de mayo de 1997 después de haber dejado una invaluable obra que se ha constituido en un orgullo del ideario latinoamericano. La transversalidad de su propuesta pedagógica permite encontrar sin mucho esfuerzo, por lo didáctico de su lenguaje, en una sugerente integración semántica, ingredientes de tipo filosófico, político, antropológico, sociológico, histórico y psicológico.

En su crítica humanística plasmada en su Pedagogía del oprimido (1970) ponía en cuestionamiento a la educación bancaria, a la cual consideraba como la concreción de una práctica antidialógica por ser verticalista, memorística y acrítica, señalando su afinidad con la opresión. Frente a esta postura dogmática defendía una pedagogía de la liberación basada en la dialogicidad o comunicación dialógica, de la cual destacaba su horizontalidad por su necesario e insoslayable reconocimiento de la otredad en el proceso de la praxis educacional.

De acuerdo con esta concepción el educador debe distanciarse de la soberbia, de la arrogancia y de toda investidura de iluminado, procurando en consecuencia el cultivo de una actitud humilde para reconocer sus propias ignorancias y la posibilidad de aprender de los demás, incluso de los que no saben leer ni escribir. Es así como Freire advertía que nadie se educa solo ni nadie educa a nadie sino que de lo que se trata es de un esfuerzo recíproco mediado por la voluntad y por el mundo.

La teorización entonces no es un producto exclusivo de los académicos universitarios sino que también se genera a través de pronunciamientos y problematizaciones en relación con  los intereses compartidos y las necesidades sentidas. En ese sentido la educación basada en la dialogicidad se considera liberadora por cuanto se orienta a la transformación derivada de las utopías entendidas como miradas hacia lo inédito viable, es decir, hacia lo que es factible y  deseable en función de la dignificación existencial que demandan las situaciones límite.

Entre otros valores también nuestro pedagogo planteaba la necesidad de tener fe en el trabajo y en la gente con la que se trabaja, en su posibilidad de hacer, de cambiar  y de crecer, en hacer de la confianza un sentimiento compartido que alimente la razón de ser de la experiencia pedagógica. Hay que reconocer, por tanto, que no se puede mantener el valor de la fe en ese sentido si se carece de humildad, por lo que se trata de valores solidarios entre sí.

Premisa fundamental es también el cultivo del amor pero no en el sentido trivial en que lo enseñan las telenovelas transmitidas por las televisoras comerciales, como un sentimentalismo ingenuo asociado a los caprichos o a las obsesiones egocéntricas. Ante la polisemia de este signo lingüístico tan manoseado y tergiversado, Freire asume una defensa del amor como concepto supremo o abarcativo asociado a los más nobles compromisos, a las preocupaciones, a las convicciones, a la sensibilidad, a la valentía de pronunciarse por la libertad, por el mundo, por la humanidad, por la liberación. De ahí que el amor en esta concepción humanística esté asociado a la lucha por la vida, por la justicia, por la Madre Tierra, por la humanidad y por la dignidad en todas sus dimensiones.

Sólo con esas premisas se puede llegar al alimento de la esperanza, pero no entendida como el acto de quedarse a esperar  de brazos cruzados sino como una lucha colectiva de manera decidida y sostenida por las utopías emancipatorias. Es así como, advierte Freire, de la pedagogía del oprimido se pasa a la pedagogía de la liberación y con ello a la pedagogía de la esperanza.

Algunos intelectuales que se mueven en la posmodernidad derechista, sin embargo,  han declarado la muerte de las utopías, de los paradigmas y de las ideologías, como alimentando la tesis nihilista de que ya no hay nada en qué creer, a manera de una falsa asepsia, llegando al extremo de considerar a las refutaciones como arcaísmos o discursos trasnochados, con lo que se postulan como los iluminados inquisidores de estos tiempos.

De la palabra “paradigma” existen muchas definiciones, es muy polisémica. Una de las acepciones más convencionales es la de considerar a los paradigmas como perspectivas teóricas y metodológicas desde las que se asume una mirada y un tipo de preocupación e interés en un determinado campo del saber. De acuerdo con esta definición, la obra de Paulo Freire constituye un paradigma vigente que para nada se aleja de una postura ideológica comprometida y tampoco de las nobles utopías.

El mismo autor advertía que la historia no se acabó, las ideologías están vivas, la explotación continúa,  las diferencias de clase subsisten y las cosas pueden cambiar, argumentando además que la educación es un acto político puesto que siempre se inclina hacia determinado tipo de intereses.

En la educación de adultos y en las luchas sociales de los pueblos latinoamericanos y de otros pueblos del mundo esta pedagogía ha estado presente con su humanismo crítico. Sin lugar a dudas, es una lectura recomendable no sólo para los trabajadores de la educación sino también para quienes se desempeñan en los procesos comunicativos y en la vida política. Paradójicamente, este pregonero de la integración y de la dialogicidad fue víctima de posturas antidialógicas al tener que vivir en el exilio durante varios años, lo que equivale a una forma de aniquilamiento. Ello, sin embargo, no le impidió mantener y reafirmar su identidad como ciudadano brasileño a la vez que se consideraba ciudadano del mundo.

CRONICAS DE GUERRA

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