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30 de julio 1975: sobrevivir para contarlo


Tratar de salir del callejón no es una alternativa. Es una obligación. Los soldados están persiguiendo a los

estudiantes en la 25. Solo nos queda seguir por el callejón y enfrentar las balas de los soldados en La Tercera Calle Poniente.

Por Rafael Dubon.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

La mañana del día 30 de julio de 1975 comenzó como cualquier otra mañana. Almorzar y luego caminar a la escuela. Mi escuela estaba cerca de la universidad nacional, al otro lado del INFRAMEN. Yo asistí al Tercer Ciclo del Instituto Nacional General Francisco Menéndez.

Ese 30 de julio por todo el camino había tenido el presentimiento de que algo iba a pasar y que cancelarían las clases. En esos días siempre había “disturbios” como decían los periódicos y los de la derecha.

Cuando llegué al instituto, por un segundo, la ilusión de que habían cancelado las clases me alegró. No había nadie en la entrada. Me dije a mí mismo: “Al parque El Roble. A fumarme un cigarrito y jugar básquetbol con la mara”.

Me acerqué a la puerta de entrada solo para darme cuenta de que había llegado tarde. Entré, fui a mi primera clase. Terminó sin el anuncio de la cancelación de clases. Fui a la segunda clase.

El calor estaba intenso, como si algo estaba por pasar. Entré y todos estaban sentados escuchando al maestro, llegué también tarde a clase. Me senté, cuando de repente escuché: “A la calle, a apoyar la marcha, A apoyar a los estudiantes de la U”.

Por los corredores había un montón de estudiantes hablando, otros corrían hacia la puerta de entrada. “Mi chance de irme para El Roble”, me dije.

Recuerdo al director del Instituto, como un espantapájaros en medio del pasillo gritando: “De regreso a las clases, no tienen permiso” Nadie le escuchaba. Y yo por adentro: “Va a haber un gran marón en El Roble”.

Salí a la calle. El Roble está a la izquierda, la Universidad a la derecha; que contradicción. Yo quería ir a la derecha pero los demás estudiantes tomaban a la izquierda. Rumbo a la Universidad. No era un cualquier 30 de julio. El gran puño de estudiantes se dirigía a la marcha.

¡Que marón¡ Eran cientos, miles de personas; estudiantes la mayoría. La universidad está al final de la veinticinco avenida norte. Ahí estábamos todos, apretados como guineos en el racimo.

Alguien dio la orden de comenzar a caminar. Todo el mundo estaba alegre. Un helicóptero sobrevolaba como un moscarrón sobre nuestras cabezas.

En la calle no se veía la autoridad. Nada, solo estudiantes y pancartas. Íbamos en grupos de a seis; lo ancho de la calle. Comenzamos a caminar.

En unos minutos llegamos a la Fuente Luminosa. La marcha se partió en dos. El grupo de la izquierda agarró la embajada gringa e hizo su agosto. Ya no era blanca, se volvió roja. No hubo problemas; éramos demasiados. Seguimos caminando, cantando y gritando consignas. Llegamos a la Policlínica Salvadoreña. El hospital de los ricos. También quedó rojito con slogans.

De repente hubo un trabón, la marcha se paró momentáneamente. Luego voces “no tengan miedo compañeros. Esta es una marcha pacifica”. Volví a ver hacia atrás y aquel gentío. Eran cuadras y cuadras llenas de estudiantes. No teníamos miedo.

Pasamos La Tutunichapa; caserío de pobres. Ya veía yo el hospital del Seguro Social.

Cuando la cabeza de la marcha había pasado el Seguro Social. Se oyeron los primeros balazos. Levanté la cabeza y vi como una tanqueta venía cuesta abajo del lado del Hospital Rosales. Los de los megáfonos seguían pidiendo calma.

Nos decían “no tengan miedo”. Y ellos ahí a la par caminando hacia la tanqueta. De repente la tanqueta alcanzó la marcha y siguió por encima de los estudiantes.

Cundió el pánico, unos corrían hacia el lado de La Tutunichapa, buscando refugio entre los pobres. Otros se tiraban del puente a dos niveles que está sobre la 25 Avenida Norte. Es un sobrepaso muy alto. Yo creo que tendrá sus 10 o 15 metros de altura. Todo era un caos. Yo no sabía que hacer. Todo pasaba muy velozmente.

Había humo. Mucho humo gris. Los personajes se movían como en una pesadilla. Desafortunadamente era realidad.

Mis ojos ardían por los gases lacrimógenos, se oían los balazos por todas partes. Los soldados se habían bajado de la tanqueta y habían tomado posiciones en la calle de donde les disparaban a los estudiantes que corrían para un lado y para otro. Otros soldados seguían a los estudiantes que habían buscado refugio en La Tutunichapa. No sé cuanto tiempo pasó.

Pero el muchacho del megáfono seguía pidiendo calma y valor. Dirigió la marcha hacia un callejoncito que sale de la 25 y da a la 3.° Calle Poniente.

Este callejoncito pasa enfrente al Seguro Social. Ahí corrimos, detrás del muchacho con el megáfono. Él seguía animándonos, detrás de mí venían otro montón.

Ni el muchacho del megáfono ni nosotros sabíamos que los soldados estaban apostados en La Tercera Calle Poniente. Estaban esperándonos. Solo recuerdo ver caer al joven del megáfono.

Los soldados disparaban hacia nosotros en el callejón sin salida. Disparaban a los estudiantes que seguían en la 25 Avenida Norte. Disparaban a los estudiantes que se habían tirado desde el paso a dos niveles.

Disparaban a las ventanas del hospital del Seguro Social de donde se oían gritos de acusación en contra de los soldados.

Los últimos momentos están grabados en mi mente como un sueño de horror. Cuando los recuerdo veo todo como si estuviera al borde de un abismo. Como si estuviera siendo arrastrado por una corriente y yo sin poder nadar. Por ejemplo veo a dos personas tratar de saltar el muro de una casa en la 25 Avenida Norte. Cuando están por alcanzar a subirse son derribadas por un roquetazo. Las veo caer, caer, caer… Cierro los ojos….

Tratar de salir del callejón no es una alternativa. Es una obligación. Los soldados están persiguiendo a los estudiantes en la 25. Solo nos queda seguir por el callejón y enfrentar las balas de los soldados en La Tercera Calle Poniente. Al caminar me doy cuenta que el muchacho del megáfono ya no se oye. Recuerdo verlo caer. Vuelvo a ver hacia atrás, veo muchos en el suelo. Veo hacia abajo y veo sangre. Veo hacia adelante y veo a los soldados todavía disparando. Llego al final del callejón y entro al Seguro. Ahí me ayudaron, me dieron una pomada para los ojos. Habíamos muchos del Tercer Ciclo. Los reconocí por el uniforme.

Ya estábamos casi tranquilos cuando los soldados entraron al Seguro. Todos corrimos por todos lados. Me encontré afuera, en la calle otra vez. Se veían pocos soldados, ya corrían en varias direcciones.

Fue en esos momentos que me acordé que tenía una tía que vivía en la 3.° Calle Poniente, la “Tía Fina”. Caminé donde ella. Ella estaba muy asustada y me preguntó que qué andaba haciendo en la calle después de todo eso. Me dio dinero para el bus.

Para poder tomar el autobús tenía que hacer de nuevo el recorrido por el callejoncito. Tenía que vivir aquel infierno otra vez. Tenía que tomar la ruta 11 que circulaba por la 25 Avenida Norte. Una cosa rara, ni el muchacho del megáfono ni los que vi caídos estaban en la acera. Pero lo que vi en el callejón jamás se me va a olvidar.

El Hospital del Seguro Social tiene una pared enfrente. Esta pared irónicamente está hecha de ladrillos que se les llama “ladrillos de calavera” En la acera había zapatos y cuadernos. Incrustados en los ladrillos había pedazos de ser humano. Había huesos y cabellos de los estudiantes que fueron ahí asesinados y que el ejército se llevó. Nunca los volvimos a ver.

¿Cómo me salve? No sé.

Algo sí sé, y es que no fue un cualquier 30 de julio.

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Categorías:Memoria Historica
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