Los hijos de Miguel


Yo soy autocrítico. Lo mío es tan simple que está trillado. Yo no puedo obviar que desde hace bastante tiempo estoy casado con el mismo tema.”

Por  Carlos Chavez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Miguel se ha parapetado en Panchimalco, donde hace más de medio siglo residió José Mejía Vides, otro famoso pintor costumbrista. En medio del poblado, su surrealista casa-taller está abierta a niños de carne y hueso. Los que, según Miguel, suelen reírse de su obra, que ha sido expuesta en todos los continentes. Miguel brinda a los jóvenes lo que él no tuvo: instrucción, espacio y tiempo. Miguel es un tipo que habla de todos, menos de él. Pero esta vez, hizo una excepción.

Miguel Ángel Ramírez hace niños, muchos. Y por ello le critican. En un pequeño y sobrepoblado país como este, se le acusa de engendrar niños sin control ni planificación. Lo acusan de fabricarlos y exportarlos a lugares como Taiwán, Suecia y Dinamarca, con técnica un tanto primitiva. Si los niños tienen ojos negros como semillas de zapote y tersa piel cobriza, son hijos de Miguel. Él los concibe en Panchimalco detrás de un pincel.

A diferencia de los niños que pinta al óleo, Miguel tiene ojos oscuros, pero chiquitos. Viste jeans y por fuera una camisa blanca de botones Polo Ralph. Parece un listo y ecuánime indio navajo que revisa con insistencia su Blackberry. Su rostro moreno lo jalonea una larga cabellera que ata con una cola. Luce bastante joven, pero nació medio siglo atrás en Santo Tomás, un municipio al sur de la capital, “en una familia donde la palabra arte no existía”.

Como pocos salvadoreños lo hacen, él se autodefine como “hombre de raza náhuatl”. Tan náhuatl como Panchimalco, el pueblo donde hace nueve años compró una casa de adobes y tejas para reinventarla en un taller gratuito de pintura, abierto para todos, en especial jóvenes y niños. Por eso la llama Casa de Los Encuentros. En las paredes cuelgan obras de artistas cubanos, fotoperiodistas o garabatos de niños. Pero pinturas suyas, pocas.

Como cada sábado, el salón principal de Los Encuentros amanece con una veintena de niños pobres, de carne y hueso, reunidos en círculo. Cada uno de pie frente a un caballete, papel y lápiz. Miguel coloca un ayote en medio de ellos y luego chequea cómo desarrollan perspectivas y sombras. De pronto vocifera: “¡Lo más caro en el arte es la creatividad!”. Los niños lo ven de reojo como si no entendieran a qué viene el comentario y prosiguen en silencio.

El mismo Miguel es como un niño inquieto. No puede estar de pie en el mismo lugar por mucho tiempo. A veces ríe, a veces no. Y cuando se le pregunta por su propia vida y obra, contesta lacónico, disperso: “Hace unos años viajé a Cuba para una exposición colectiva, ahí también impartí talleres. ¡Esa isla es toda una experiencia! Y el otro año expondré en Australia…” Y de inmediato pasa a hablar de terceros. Que su amigo Guillermo Perdomo es un gran escultor he invita a ver parte su muestra itinerante, unos troncos grises. O reitera que admira —y que incluso quiso imitar— la pintura del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín porque nunca se alejó de su identidad indígena. O que el pintor salvadoreño Carlos Cañas fue su maestro. O explica que en su taller hay muchos jóvenes con talento excepcional que vienen hasta aquí desde lugares ruralísimos, como Roberto Ramos o Samuel Beltrán o… Y finiquita todas sus frases con un suave “cabrón”.

–Oye, publícales a ellos también, porque están fuera de esta vaina, cabrón —susurra Miguel.

Miguel afirma que los talleres son gratuitos porque está convencido de que el arte en El Salvador es elitista. “Por eso me revienta que exista gente que maneje esto como un taller de niños pobres. El que viene aquí viene a aprender, pero tiene que demostrar que en el arte no hay tercermundismo”. Afirma que no quiere alumnos ahuevados por su condición de pobreza, “la pobreza es mental, la creatividad no tiene límites”.

Miguel ha hecho de su taller lo que a él le hubiese gustado encontrar cuando era joven y pobre. “Yo encontré puertas cerradas. Fue hasta 1984, cuando el presidente Duarte organizó una exposición colectiva de arte joven en el Teatro Nacional.” Dice que como había esperado tanto por ese sueño, se rebeló contra el sistema. Para la inauguración de su primer exposición, él y otros pintores invitaron a un ramillete de indigentes y peperechas del centro; se negaron a cantar al himno, “y las autoridades se marcharon por el irrespeto, pero acercamos el arte a los pobres”, dice convencido Miguel.

Miguel cotiza uno solo de sus cuadros de gran formato hasta por $6,000. Embajadores, presidentes como Ma Ying-Jeou, de Taiwán, turistas, bancos y hasta el Dalai Lama han adquirido alguno de sus niños como un souvenir étnico-artístico salvadoreño. Pero como le pasa a los niños que plasma: no siempre ha sonreído.

Le pregunto si es cierto que antes de ser pintor tapizaba muebles. Y se pone a reír. “No, tapicero no. De joven, en Santo Tomás, fui mecánico como uno de mis hermanos. Luego trabajé haciendo ladrillos de concreto… un trabajo literalmente duro. Hasta he vendido llaveros en la calle, cabrón.”

En Panchimalco todo mundo sabe que Miguel es amigo añejo de Roberto Pérez, a quien apodan “el Chac”. Se trata de un señor moreno y canoso de 55 años que se describe como músico-poeta, indigenista y loco. Cada fin de semana viaja desde San Salvador para vender aquí bisutería, flautas o clases rápidas de náhuatl. Frente a la antigua iglesia del Panchimalco, Roberto no puede ocultar la admiración que le tiene a Miguel.

“El Chac” lo ve como a un héroe. Dice que el origen de Miguel no puede ser más humilde: que su mamá lo crió echando tortillas en Santo Tomás. Y que a inicios de los años ochenta, cuando ambos eran jóvenes, pasaron escaseces vendiendo en aceras y calles los collares o llaveros que fabricaban, pero que Miguel siempre dibujaba cualquier cosa.

Tanto, que en 1984 entró a estudiar en el CENAR (Centro Nacional de Artes). Ahí formó un grupo de jóvenes artistas llamado “Amanecer”, que viajaban a pueblos de todo el país, como Panchimalco, para inspirarse o dar conocer su arte. “El Chac” dice que conserva en su casa una de las primeras pinturas de Miguel: un desnudo femenino abstracto. Para él es un tesoro, que aunque no tenga nada que comer, jamás venderá. Ni siquiera a Miguel.

El músico-poeta-indigenista recuerda que Miguel empezó pintando ingenuos paisajes de pueblos salvadoreños. Cuadros chiquitos, pero sumamente detallados, donde ondulaba cada una de las escamas de los tejados, trenzaba cultivos y hasta incluía chuchos vagos.

“En esa época él tenía novia y tenía que mover su obra.” Cuenta que un día Miguel decidió ir a la capitalina Galería 1-2-3 para ofrecer su obra. Pero que regresó triste, triste, triste, con sus cuadros bajo el brazo. Miguel le contó que lo habían achicado en la galería. Que la propietaria le dijo que a pesar de haber ido al CENAR parecía un pintor empírico, que por qué mejor no tomaba unas clasecitas. Entonces “el Chac” fue Nostradamus. “Yo le dije: vas a ser un gran pintor. Y la profecía ya se cumplió”.

Como prueba, “el Chac” pone un botón. Dice que el año pasado, cuando San Salvador se convirtió en sede de la XVIII Cumbre de Presidentes Iberoamericanos, el Gobierno eligió a tres artistas que representaran con su trabajo al país: Guillermo Perdomo, Fernando Llort y Miguel Ángel Ramírez. Miguel llevó a sus niños inocentes, capturados en 18 cuadros. Al finalizar la cumbre, los había colocado a todos.

El alma de la casa Los Encuentros es su jardín trasero. Miguel ha transformado a una loma pétrea en una selva de claros y oscuros. Una que se torna aun más surrealista al notar las paupérrimas viviendas vecinas que emiten —a intervalos— hilos de humo y agua sucia. Miguel afirma que su estudio está adentro, en lo más alto de la loma, y que es ahí donde crea a sus niños. Uno asciende a ese lugar, con la sensación de que se trata de la escalinata de un templo maya reclamado hace siglos por la selva petenera. En poco terreno —unos 10 metros de ancho por 50 de largo— hay mucho, distribuido en recovecos.

Por ejemplo, en medio de la jungla, Miguel ha erigido un plafón “al que solo suben los que saben dibujar”. Lo anterior parece comprensible, por el panorama. Hacia el norte se ven los peñones de El Diablo. Y hacia el sur, la espalda de la antigua iglesia junto a los adoquines y buses de la calle principal de Panchimalco. Más hacia el sur se adivina la línea costera. Digno de Alicia en el país de las Maravillas.

Debajo del plafón hay una puerta-pasadizo que conduce a un insospechado sótano blanco donde cuelgan obras de pintores amigos. “He construido estos espacios para inspirar arte”, explica Miguel una vez fuera del sótano. Afuera, saluda a un sujeto que dice ser turista y hermano lejano. Lleva los brazos tatuados y el cabello acomodado en dos colas al estilo Chilindrina. Explica que también está en la onda del arte, que es poeta y que está listo para declamar algo ahí mismo. Miguel lo ve serio, luego le sonríe y le dice que está en su casa.

Por aquí y por allá, en el suelo, hay cuencos de piedra que retienen agua e iridiscentes flores. Hay lianas, pedregones con velas derretidas y un riachuelo artificial salpicado de chimbolos. Hay una enorme pila a punto de rebalsar; una Virgen María a punto de ser devorada por la hiedra; y un cuarto de baño cuyo techo parece a punto de colapsar de tanto soportar una orgía vegetal. Hay también un joven doblado en el suelo haciendo el bosquejo de una fuente que escupe una maraña de plantas, agua y ayotes. Un olor dulzón vaga por la fronda, Miguel dice que no sabe por qué huele así. Y señala hacia un grupo de flores, de las que sobresalen unas florifundias. Su estudio es una acogedora casita color zapote con leche de ventanas francesas y muebles rústicos. El viento mece unos cascabeles emplumados que cuelgan del techo.

Dentro de la casita están sus niños. Le pregunto si los imagina o si existen o existieron. “Hoy sí existen, antes eran solo espermatozoides”, responde. Con la frase, Miguel hace referencia a sus tres hijos biológicos —una chica y dos chicos— que ya son universitarios.

Alrededor de 1992, en la fecha en que se firmó el fin de la guerra civil, sus hijos fueron sus modelos y musas. Y casi desde entonces se ha mantenido fiel a sus niños, sus hijos. Miguel dice que prefiere que los periodistas se mantengan al margen de su familia, y enciende su equipo de sonido. En el tornamesa deambula un disco de Silvio Rodríguez, otro de Ranferi Aguilar, el concierto de Aranjuez y uno que dice “sonidos de agua”.

Sobre unos tablones, hay tres descorchadores, dos esculturas de mujeres desnudas y libros por doquier. Libros de Dalí, Sizysllo, Tamayo y Warhol. Y en una pequeña habitación contigua, Miguel ha construido una especie de altar a Monseñor Romero. Dice que esta es su obra más relevante. Al nivel del suelo, dentro de un camarín de madera, ha pintado el rostro del ex arzobispo de San Salvador y, sobrepuesto a él, ha dibujado a un niño que lagrimea sobre una campiña gris, pero que dibuja una tenue sonrisa. “La sonrisa es la esperanza”, señala Miguel.

A un costado de Monseñor, sobre su reclinable mesa de dibujo, se suspende una lámpara blanca que enfoca tizones de yeso pastel y un reguero de brochas, pinceles, guacales, y tubos de óleo. Y sobre su caballete negro ya se vislumbran dos nuevos niños.

Esta vez, dice que no serán morenos porque fueron dos niños argentinos los que posaron para él. Miguel se detiene frente a uno de sus cuadros, dos niñas con mantillas sobre el rostro. Y sin más, empieza a hablar de la enconada polémica entorno a su arte. Aprieta los dientes y pone cara de susto, dice que sabe de sobra que gran parte de su gremio considera que lo suyo es más comercial que sutil. “Yo soy autocrítico. Lo mío es tan simple que está trillado. Yo no puedo obviar que desde hace bastante tiempo estoy casado con el mismo tema.” Miguel hace pausa, parece revalorarse y en su defensa comenta que hay salvadoreños que piratean a sus niños. “Y si me imitan, significa que esto no aburre”, analiza.

Miguel admira al pintor y escultor salvadoreño César Menéndez. Lejos de enojarse con él, asiente con una sonrisa sus reprobaciones. Dice que en una entrevista, Menéndez lamentó que hoy en día la gente considere como arte pintar niños por docenas y docenas. “Yo no tengo pretensiones de figurar, solo he pretendido representar los rasgos de mi cultura, la inocencia de la niñez local, dibujar el origen de la sonrisa. Cada artista hace lo que bien le parezca. ¿Es arte colgar o manipular ciertos objetos?” Miguel asegura que no le gusta la publicidad. Tiene su propio sitio de internet (artpanchimalco.com) pero la información es bastante genérica. “La gente me busca, yo solo abro mis puertas”, dice.

Afuera, alrededor la casita donde Miguel crea a sus niños, el jardín parece mejor cuidado. Ha construido una especie de redondel con una alargada piedra parada en medio. Dice que en torno a ella, de vez en cuando, se chulonea alguien y algunos de los jóvenes del taller empiezan a delinear bocetos anatómicos. Junto al redondel, unos chiriviscos no pueden ocultar dos botellas, una de vino y otra de vodka, vacías. Miguel se sincera, dice que un día lo visitó Salvador Castellanos, un periodista salvadoreño, para grabar un reportaje televisivo sobre su taller. Miguel lo recibió con ojos y aliento etílico. “Salvador me hizo un comentario sabio. Me dijo: ‘todo está bien aquí, menos vos. Si pintás y trabajás con niños, no deberías beber, compadre’”. Miguel asegura que él ya no hace eso, y que no fue él quien vació esas botellas. “El autorespeto es importantísimo, cabrón.”

Miguel se ausenta un momento, baja las escalinatas en dirección al salón principal de Los Encuentros, allí unos turistas lo reclaman. Sino fuera por su taller y la iglesia colonial, el turismo tendría opciones aún más reducidas en este pueblo. De pronto, aparece Roberto Ramos, uno de los alumnos destacados de Miguel. Es un tipo delgadísimo pero bigotudo. Tiene 31 años, pero detalla que hace 10 años cambió al machete por el pincel. Dice que es originario de un cantón llamado El Divisadero, uno que se esconde a unos tres kilómetros al sur de Panchimalco. Y que, al igual que otros jóvenes que vienen de poblados aún más lejanos —como Huizúcar o de barrios capitalinos—, vino hasta acá atraído por la historia de un pintor que ofrece techo, telas, óleos y su experiencia.

Aún con las cosas así, caben las contradicciones. Roberto revela que en Panchimalco son muy pocos los jóvenes que aprovechan el taller. Y que los que se atreven a llegar deben aprender también que la sociedad local ve con desdén al arte. Roberto rememora que hace unos 10 años, Miguel inauguró una exposición pictórica —en la contigua casa de la cultura—, ahí reunió las primeras obras de 15 jóvenes. “Durante todo ese día de la exposición solo dos personas llegaron a verla. Dos. Nadie del pueblo se animó a entrar, tampoco ninguno de los padres de los pintores.” Desde entonces, Miguel impuso un único requisito de admisión a sus talleres: “Que el día de la exposición pictórica asista al menos uno de sus padres”.

Roberto hojea un catálogo en el que aparecen otras pinturas de Miguel. Son coloridas cruces o monedas, que parecen flotar en mares tan negros como la noche. Estas pinturas, a las que llaman arte abstracto-figurativo, son muy distintas a los infantes que Miguel ha repartido en lugares que van desde Caracas a Seúl. Roberto dice que no importa que la obra de Miguel no quepa en las exhibiciones de arte contemporáneo del museo MARTE. “Lo que interesa y vale en Miguel es que ha acercado su arte y sus libros a quien siente que esto es ajeno o lejano. No busca que alguien trace a su manera, deja que cada uno libere sus propios conceptos”.

Como ejemplo de lo anterior, Roberto dice que él ha decidido enfocarse en retratar meandros de ríos o los bosquecillos que todavía parchan el paisaje de Panchimalco. Dice que le va relativamente bien, porque ha ganado independencia al colocar su obra desde aquí mismo. Roberto hace una pausa. Da un vistazo alrededor, al jardín, y luego a los cuadros de Miguel. “Este trabajo le ha dado vida a él y a la galería.” Luego comenta que ya ha escuchado a Miguel decir que ya no quiere hacer niños, pero que la gente se los pide.

Miguel se despide, dice que tiene que hacer diligencias en San Salvador y luego ir a su casa en Santo Tomás. Antes me encamina hacia el borde de su último proyecto. Ha hecho suspender una hermosa terraza de tablas y vigas sobre un barranco, en cuyo fondo corre un hilo de agua sucia. Del otro lado del riachuelo hay cinco paupérrimas casas. Y de su lado, hay dos albañiles que construyen un muro y le dan forma a un sendero flanqueado con césped y una hilera de florifundias. Miguel parece ver un Edén. “Ya platiqué con los vecinos y vamos a descontaminar todo esto. Y con la alcaldía, queremos convertir un viejo lavadero público que está más abajo en un espacio que inspire arte.” Miguel ofrece darme aventón hasta el periódico.

Mientras su Chevy rojo trepa los cerros que separan a Panchimalco de San Salvador, Miguel comenta que sus cuadros suelen ser regalos de boda. Pero que hay algo que le llama la atención: que sus niños acrílicos suelen producirles risa a los niños de verdad. Que cuando expone en galerías, hay niños que se detienen frente a ellos y empiezan a reírse. Que por esa razón muchos papás terminan comprando uno de sus cuadros…

Miguel pregunta si puede pasar a recoger dos pinturas que mandó a enmarcar. Minutos después, en un sofá, espera a que se los entreguen. El pequeño hijo de tres años de la propietaria, se cuela fuera del mostrador. Da un giro sobre sí mismo, ve a Miguel y sin conocerlo le da mano. Por una ventana, afuera, Miguel mira que un muchacho lleva sus dos cuadros y sale del local. En ese momento el niño se pega al vidrio de la misma ventana. Mira los cuadros y se pone a reír.

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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  1. Azucena Rosales
    abril 27, 2010 en 7:52 pm

    la verdad es que el trabajo de el como artista salvadoreño es excellente y eso es a simple vista! es motivante para nosotros los jovenes saber de su trayectoria y de su vida… me encanto conocerlo y pues me encanto este articulo!

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