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Empatía y Socialismo


Por  Antonio Hunrubia Hurtado.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Reflexión filosófica acerca de la necesidad de adoptar pensamientos, sentimientos y conductas empáticas como vía para alumbrar el socialismo, primero en nuestras almas, después en el mundo.

“No creo que seamos parientes muy cercanos. Pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que en el mundo se comete una injusticia, somos compañeros, que es lo más importante” (Ché Guevara)

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Empatía es solidarizarse con los sentimientos de los demás.

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Somos seres tan frágiles, que toda nuestra existencia pende constantemente de un hilo, desde que somos un gameto, hasta que definitivamente damos el último suspiro.

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Estamos aquí, ahora, pero perfectamente podríamos no haberlo estado (si nuestra madre hubiese decidido abortar, por ejemplo), o dejar de estarlo en el instante siguiente, y todo seguiría su curso sin que nuestra inexistencia tenga la menor importancia.

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La vida es una casualidad del destino, una oportunidad única que no siempre sabemos aprovechar como es debido.

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Uno nace, crece, y a su alrededor crea un mundo de relaciones que lo sustentan sobre la faz de la tierra, pero, al fin y al cabo, no tiene la menor importancia de cara al devenir global del Universo. O al menos, eso parece.

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No elegimos a nuestros padres, ni ellos nos eligen a nosotros. No elegimos el lugar donde debemos pasar nuestra infancia, no elegimos nuestros genes, no elegimos la cultura que vamos a mamar como cachorros sedientos de conocimientos. Todo lo que creemos que es más propiamente nuestro, no es más que una mera casualidad del destino, un número de una rifa que nos dan, y que puede, o no,  llevar premio.

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La realidad es inapelable: nacemos cuando con una simple decisión de nuestras madres podríamos no haber nacido, tenemos una familia que no hemos elegido, vivimos nuestra infancia en una ciudad que no hemos pedido en ninguna agencia de viajes, y somos tal y como el capricho de nuestros genes ha querido hacernos. Poco espacio hay en la vida para poder ejercer plenamente nuestra libertad. Quizás, sólo en el pensamiento.

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Por eso tenemos la obligación de desarrollar nuestra empatía para con los demás, de entender su sufrimiento y su gozo, de evitar cometer injusticias con ellos, y ayudarlos a luchar contra las que otros ya están cometiendo, ya que nosotros podríamos ser ellos y ellos podrían ser nosotros. Ninguno de los dos elegimos la mayor parte de los hechos que han condicionado nuestra vida.

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Realmente somos esclavos de nosotros mismos, esclavos de nuestro lugar en el mundo, esclavos del número en la rifa que nos dieron al salir del vientre de nuestra madre.

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En cambio, paradójicamente, los seres humanos dedicamos largas horas a reflexionar sobre los efectos que nuestra muerte pudiera tener para con las personas que nos rodean, pero, sin embargo, pocas veces pensamos en los efectos que nuestra no existencia, nuestro no nacimiento, hubiera tenido sobre ellos.

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Son tantas las personas que, de una u otra manera, se hubieran visto afectadas, que deberíamos hacerlo con asiduidad, fundamentalmente para combatir nuestro egoísmo.

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No solo hubiera afectado a nuestros familiares más directos, que probablemente hubieran seguido tranquilamente su vida sin más secuelas que el triste recuerdo de la muerte de un ser que iba a ser pero no fue  (a instancias morales o legales puede que el feto se considere ya en sí mismo una persona, pero a instancias sentimentales perder un hijo antes del nacimiento nunca será igual de doloroso que hacerlo después de haberle visto llorar y sonreír en tus brazos), sino que es algo que va mucho más allá. ¿Cuántas de las personas que te has  cruzado en la vida se hubieran visto afectadas por tu no existencia? Todas, sin duda,  todas.

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Desde esa mujer que te cruzaste en la cola del supermercado, hasta tus amigos más íntimos, aunque no se puedan comparar unos casos con otros.

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Esa mujer del supermercado, que, seguramente, ni siquiera te recuerde, tendría una vida exactamente igual a la que ahora tiene, tu inexistencia tendría para con ella el mismo efecto que tendría tu no presencia ese día en la cola del supermercado.

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Sin embargo, para  tus amigos, para tus allegados más próximos, los efectos van mucho más allá. De no haber existido tú, ellos tendrían una vida, si no totalmente diferente, al menos sí distinta en ciertos aspectos de la que tienen en la actualidad. En cada parte de su existencia donde apareces tú, habría una vacío, y todo lo en lo que tu compañía les haya podido afectar no existiría. Imagina, por ejemplo, a ese amigo al que le diste un consejo que le sirvió para progresar en la vida; de no haber nacido tú, igual ahora sería más desgraciado. O, al revés, imagina esa persona a la que has hecho daño, quizás ahora sería más feliz si tú no hubieras nacido.

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Así pues, a pesar de que nos empeñamos en no mirar más allá de nuestro ombligo, lo cierto es que uno existe no solo para sí mismo, sino que vive siempre en correlación con los demás, algo que dota a nuestra persona de un valor suplementario que en sí misma no posee; un valor que lo hace necesario dentro de la casualidad a la que va sujeta la existencia de nuestro ser.

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Pudiste no haber nacido, pero naciste, pudiste no haber existido, pero existes, y con ello te acabas convirtiendo en una pieza más en la existencia de muchas personas, que han construido su vida en relación con la propia construcción que tú has hecho de la tuya.

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No somos entonces tan insignificantes como pudiera parecer: puede que al Universo no le importe tu existencia, pero hay miles, millones de personas en el mundo, que pueden salir beneficiadas o perjudicadas con ella. Sobre tus espaldas caerá el peso de tal responsabilidad.

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Ser persona, pues, lejos de serlo para uno mismo, se traduce finalmente en un “ser con los demás”.

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El problema es que usualmente nos dejamos arrastrar por las circunstancias, nos acomodamos en nuestro mundo de cristal, y en no pocas ocasiones preferimos dejar a los demás que elijan por nosotros, antes que tener que ponernos nosotros a elegir. Dejamos de “ser para los demás”, a cambio de convertir nuestra existencia en un “ser por los demás”, las dos caras posibles de esa inevitable moneda existencial que es el “ser con los demás”.

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Pero los demás son muchos, demasiados para elegir por nosotros.

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A veces creemos que estamos siendo libres a la hora de elegir, y, sin embargo, estamos haciendo todo lo contrario: entregamos nuestra libertad en bandeja de plata, creyendo además poder hacerlo sin renunciar a ella. Gran error. En toda sociedad de clases, el marco de nuestras elecciones estará siempre determinado por la voluntad de las clases privilegiadas.

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Cuando convertimos nuestra vida en un medio para conseguir un fin, y nos olvidamos de que ella es un fin en sí mismo, estamos enterrando nuestra libertad. A partir de ese momento seremos esclavos de nuestros fines, sin ser jamás un fin en sí mismos. Unos fines, además, que nos han venido dados de antemano ya condicionados por la superestructura ideológica que nos circunscribe, diseñados para defender unos intereses que no son los nuestros.

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Es entonces cuando dejamos que el egoísmo nos dominé, cuando el yo es infinitamente más importante que el tú, cuando hemos renunciado definitivamente a ser personas dignas. Máxime en una sociedad, como la nuestra, donde el egoísmo y la competitividad son la base del funcionamiento ideal de la estructura económica. Si es además la propia sociedad la que te empuja a ello, la decadencia moral está garantizada.

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No obstante, si hiciéramos un uso adecuado de nuestra racionalidad, no tardaríamos mucho en darnos cuenta que no podemos vivir condicionados por los fines que nos han impuesto desde el exterior, sino que, por el contrario, tenemos que ser nosotros quienes condicionemos los fines que nos han de mover en la vida, aprendiendo a adecuar nuestra existencia a la existencia común de la humanidad, para, a partir de ahí, dar razones a nuestra individualidad, y que ésta pueda auto-realizarse.

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Lo primero que deberíamos hacer, consecuentemente, es elaborar un código ético que nos ayude a la hora de tomar decisiones. Un código ético que aspire a la universalidad, y en cuya finalidad vaya impresa por igual la superación personal y el progreso colectivo.

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Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, cuando hacemos de nuestra vida un puente para cruzar hacia un mundo que no reside dentro de nuestra alma, cuando nos dejamos llevar por la ilusión de la riqueza o el éxito social, nos convertimos en peores personas, en seres vacíos que tienen poco o nada que aportar a los demás. Seres que no son capaces de ver más allá de sus propias pupilas.

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Por supuesto, no seré yo quien diga que no es legítimo aspirar a ser rico o famoso, a tener poder político o a ser una persona socialmente reconocida.  Pero nunca a costa de renunciar a nosotros mismos, nunca a cambio de vender nuestra existencia al mejor postor.

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Ese es el principal error que nuestros antepasados han cometido por el influjo obligado de las tradiciones religiosas, y ese es el error que nosotros estamos volviendo a cometer con nuestra sumisión actual a la sociedad capitalista-consumista. Dejamos que el fin que mueve nuestras vidas venga impuesto desde complejos sistemas de sentido externos, en lugar de ser nosotros mismos quienes lo diseñemos, haciendo de la vida, de la existencia, un fin en sí mismo, para sí mismo y para los demás.

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Así, toda aspiración que uno tenga debería ser una meta a la que uno debe llegar haciendo de su vida un fin en sí mismo, sin necesidad, pues, de sacrificar su libertad, y su propia vida, para alcanzarla. Mucho menos si el precio a pagar es dejarse por el camino su dignidad.

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Ser digno es pensar con el corazón y con la cabeza, no con el corazón para la cabeza. Con la nobleza que emana de nuestro corazón y con la razón que emana de nuestra cabeza. Sentir para nosotros y para los demás. No hacer lo que no queremos que nos hagan, no dejar pasar aquello que, si nos ocurriese a nosotros, no quisiéramos que los demás dejasen pasar.  Al final de la vida solo nos quedará eso: nuestra dignidad. Habrá sido lo más importante de nuestra existencia.

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El fin no justifica los medios. El fin no justifica los medios. Si la vida es un fin en sí mismo, y la vida es humana, no puede haber más medios válidos que aquellos que transcurran por la senda del humanismo.

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Aun con la vista puesta en el horizonte, debemos ser capaces de llevar una existencia lo más digna posible en el día a día. Respetar para ser respetados. Escuchar para ser escuchados. Desarrollar nuestra empatía para ser cada vez más condescendientes con nosotros mismos y con los demás.

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Esto debe ser así, pues la base de nuestra existencia se desarrolla a través de nuestra interacción con el entorno. Somos seres sociales que necesitamos del entorno para poder sobrevivir. Nadie, absolutamente nadie, puede vivir de forma completamente independiente.

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Podremos ser personas más o menos solitarias, más o menos independientes, pero todos necesitamos de los demás como parte de nuestra existencia: necesitamos de nuestro entorno y vivimos en relación con ellos y con ello. Ninguno de nosotros es un ser auto suficiente.

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Hasta los ermitaños dependen de los frutos de la naturaleza para subsistir.

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En una sociedad como la nuestra, desarrollada sobre los beneficios propios de la explotación del trabajo y la tiranía del consumo, el nexo de unos humanos con otros se ve mucho más acentuado.

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Todo aquello que produzco con mi trabajo, tiene como destino servir a otros individuos. Todo aquello que consumo, proviene del trabajo de otros individuos.

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¿Cómo creerme entonces un ser independiente? No, no lo soy.

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Soy un ser subjetivo pero dependiente. Una existencia individual pero condicionada por el entorno: necesitada del entorno como condición sine qua non de mi propia existencia, de igual forma que el feto necesita de la madre como condición sine que non de la suya.

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Entonces ¿por qué separar mi existencia de la existencia del prójimo?, ¿por qué no sentirme también responsable de sus fallos y sus aciertos?, ¿por qué pensar desde el yo y para el yo, y no desde el yo y para el ellos?

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Desde el mismo momento del nacimiento, el ser humano comienza a forjarse como el yo que algún día será. Pero en estos primeros instantes de la vida, uno no es nada sin la ayuda de sus coetáneos. Necesita de un pecho que le dé de comer y de una mano que lo proteja. ¿Puede haber entonces mayor invitación a devolver a nuestros semejantes el favor que en algún momento ellos mismos nos hicieron?

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Es cierto que cada hombre se hace a sí mismo, pero no lo es menos que uno no puede hacerse distinto a como desde su marco cultural se le inculca. Un marco cultural condicionado por las relaciones de clase.

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No hay mayor idiota que el que se cree diferente. Todos somos parte de un mismo tablero, de una misma lucha de clases. Cada cual en su bando. Aunque a veces nos confundamos, nos hagan confundirnos, de sitio.

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Somos libres para elegir nuestro camino, pero somos esclavos de nuestro entorno y, fundamentalmente, esclavos de nuestras necesidades, tanto de las biológicas como de las sociales. Las primeras son iguales para todos los humanos, las segundas son parte de una creación cultural determinada por las relaciones de clase.

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La sociedad es una cárcel para nuestra libertad, en tanto y cuanto condiciona nuestra formación y se hace coparticipe del efecto de nuestras decisiones. Pero una cárcel donde uno, si se deja llevar por lo que le impone el sistema de clases reinante, puede ser a la vez preso y cruel carcelero.

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Todo lo que yo haga tendrá un reflejo en mi entorno, todo cuanto yo decida tendrá consecuencias para aquello que me rodea. No puedo ejercer en plenitud mi libertad, pues mis decisiones se verán condicionadas por el efecto que puedan tener a mi alrededor. Esto es una verdad absoluta.

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¿Quién es entonces aquel sujeto capaz de abstraerse por completo a los efectos de sus acciones en el mundo que le da cabida? Si ha nacido, debería morir. No puede haber nada más peligroso para el resto de los humanos.

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¿Acaso no implica tal verdad absoluta un compromiso vital con nosotros mismos?, ¿un compromiso que pasa, además, por nuestro modo de relacionarnos con los demás?

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¿por qué entonces seguimos empeñados en renunciar a nuestro propio compromiso con el mundo, para dejar que sean otros los que piensen por uno, los que impongan el modo de pensar y actuar que debe tener uno en la vida?.

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Más aún, ¿podemos negar que nuestro compromiso implica necesariamente el desarrollar una sincera capacidad de empatía para con todo aquello que nos rodea, y especialmente aquellos otros que, como nosotros, no pueden eludir sus responsabilidades ante el mundo?

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Yo a ese compromiso y esa empatía le pongo un nombre: Socialismo.

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Un sistema de buenas personas para buenas personas, de personas dignas para personas dignas. De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.

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Luego ya que cada cual piense y actúe como le dé la gana, por sí mismo, para sí mismo, sin olvidar nunca su compromiso con los demás. Sin tener que renunciar a tu libertad individual, sin dejar que nadie piense, actúe o tome decisiones por ti.

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Claro está, sin olvidar nunca que tu vida no es más que una más de las muchas que cohabitan en un mismo espacio territorial compartido, sea un pueblo, un barrio, una ciudad, una nación, un Estado, un continente o el planeta entero.

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Una más, solo eso. Tan digna y merecedora de respeto, tan portadora de Derechos Humanos, como todas las demás. Sólo hace falta abrirse a la empatía para verlo.

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De ahí a hacer propios los valores del socialismo, no hay más que un paso bastante corto. Atrévete a darlo.

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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