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Büchner y Arthur Rimbaud: dos socialistas “románticos”


Por Pepe Gutierrez Alvarez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Estos días se reeditado Lenz ( Editorial Adesiara) su único texto literario en prosa, y que trata del caso histórico del poeta Reinhold Lenz (1751-1792), un amigo de Goethe que va enfermar de esquizofrenia y tuvo que ser expulsado de la corte de Weimar. Este libro ya fue editado por Montesinos e4n 1981 con un extenso y magnífico prólogo de Rabel Gutiérrez-Girardot, que guardo con aprecio.

George Büchner (Goddelau, cerca de Darmstadt, 1813-Zurich, 1837). Célebre dramaturgo y revolucionario social alemán. Estudiante de medicina en la Universidad de Glessen, organizador de una asociación secreta y conspirativa, la Sociedad de los Derechos del Hombre, que unía fines republicanos y de liberación social ya que Büchner no concebía ningún cambio democrático sin una profunda participación de los trabajadores. Amigo de August Becker y de Karl Schapper, escribió en 1834 el primer panfleto socialista revolucionario de la historia alemana al que le dio el nombre de El mensajero de Hesse, en el que anunciaba una inmediata revolución, aunque el concepto de ésta era todavía primitiva: Büchner se refiere todavía a pobres y ricos, a nobles y plebeyos. Así se decía en El mensajero: «La vida de los nobles es un largo domingo: viven en hermosas casas, visten ropas señoriales, tienen rostros rezongantes y se expresan en un lenguaje propio; el Pueblo frente a ellos es como un estiércol en el campo. El campesino se afana tras el arado, pero el noble llega detrás de él y detrás del arado y, empujándolo con los bueyes, roba para sí el trigo y deja espigar los restos. La vida del campesino es un largo día laborable; los ajenos devoran sus campos ante sus ojos, su cuerpo es un puro callo, su sudor es la sal de la mesa del noble». Su lema era: «Paz en las chozas, guerra a los palacios”. Su obra se eclipsará con su muerte, y no fue redescubierta hasta los comienzos del siglo.

En su pequeña pero importantísima obra literaria de Büchner subsisten las preocupaciones sociales y revolucionarias de la época. Así en la, tantas veces representada entre nosotros, La muerte de Danton (Icaria, Barcelona, 1982,  en tr., introducción y notas de Angela Ackermann), estos temas forman parte de una tensión dramática y de un debate en el que Büchner estudia la grandeza y los límites de la revolución jacobina. En el tardofranquismo resultó muy chocante la adaptación efectuada por Emilio Romero, una de las plumas adictas del régimen más reconocidas y cínicas, lo que suscitó una corriente de rechazo por lo que se consideró una manipulación antirevolucionaria instrumentalizada contra el éxito del Marat-Sade, de Peter Weiss.

En Woyzeck, Büchner presenta la irreversible oposición entre los de abajo y los de arriba, entre la choza y el palacio, mientras que en Leoncio y Lena (Júcar, Madrid) denuncia la ociosidad de las clases dirigentes. Wozyck cuenta con una versión cinematográfica  (Alemania, 1978) de Werner Herzog interpretada por Klaus Kinski y Eva Mattes, aunque no ha sido un autor que haya tentado mucho al cine.

También se ha editado una biografía de Arthur Rimbaud, otro excelso representante del socialismo que algunos llamaron “romántico”.Se trata de  Arthur Rimbaud. La belleza del diablo, obra de Josep Forment Forment, aparecida en  la Editorial Alrevés

Jean-Arthur Rimbaud (Charleville, 1854-Marsella, 1891). Célebre poeta revolucionario francés, cuyos méritos empezaron a ser reconocido mucho después de la I Guerra Mundial y cuyas convicciones comunistas están más que probadas en contra de las tentativas conservadoras en despolitizarlo.

Nació en una aldea francesa próxima a la frontera belga. Su familia fue su madre. Le tiranizó de pequeño, ya los 13 años ya apareció como un rebelde precoz en el colegio, diciendo: «Napoleón merece las galeras». A los quince años se revela como un antimonárquico y un crítico de las ilusiones reformistas en Napoleón el pequeño. Beberá en el venero del jacobinismo y es todavía un niño cuando escribe: «Arrasaremos las fortunas y derribaremos los orgullos individuales. Ya no habrá ocasión de que un hombre diga, u Soy más poderoso, más rico”. Sustituiremos amargas envidias y admiraciones estúpidas por concordia apacible, igualdad y trabajo de todos para todos…». Su rebeldía contra el orden social establecido es también una rebeldía contra la Iglesia y el cristianismo: «…¡Oh, qué amargo el camino / Desde que el otro Dios nos ha uncido en la cruz! / ¡Carne, mármol, flor, Venus, sí creo en alguien es en ti!».

En Las primeras comuniones, lanza el siguiente anatema «¡Cristo!, Oh, Cristo, eterno ladrón de energías / Dios que durante dos mil años consagraste / a tu palidez / Hincadas en el sueño, de vergüenzas y cefalalgias / O derribadas, de dolor las frentes de las mujeres.» Adversario intransigente de Napoleón clama cuando éste empieza a caer: «Como el Emperador estaba ebrio tras veinte años de orgía / se dijo: “¡Voy a apagar la libertad / De un soplo muy delicado igual que una bujía! ” / ¡La libertad revive! ¡EI Emperador jadea de debilidad! Se ha hablado mucho de su participación en la Comuna. Los historiadores reaccionarios han llegado a establecer plenamente una historia plena de falsificaciones. Según ellos Rimbaud participó pero quedó asqueado del ambiente, de los comuneros. Lo cierto es que no pudo ser un federado, pero fue un partidario ferviente de la Comuna y siguió defendiendo sus ideales incluso cuando su vida aventurera le arrastró muy lejos de los medios socialistas, de los «monos azules del proletariado» al que cantó en uno de sus versos. La represión de la Comuna le inspiró tres de sus mejores poemas como fueron La orgía parisiense o París se vuelve a poblar, Las manos de Jean-Marie y La bateu ivre. Más tarde escribiría un proyecto de Constitución comunista que se perderá desgraciadamente y en la que propugna un Estado basado en la supresión del dinero, una civilización del trabajo que se gobernaba por delegados temporales, no remunerados y con mandato imperativo.

En 1879, cuando algunos piensan que ya ha «sentado la cabeza», Rimbaud se sigue mostrando como un comunista convencido que escribe: «Mejor sería menos variedad y más potencia. Hay demasiados propietarios. El uso de las máquinas es muy restringido, por no decir imposible, a causa de la escasa extensión y de la dispersión de las parcelas. La fertilización mediante abonos o rotación de cultivos, etc… No está al alcance del cultivador aislado; sus medios no le permiten hacer las cosas en grande; aún se afana más que por un rendimiento mínimo. Esa “hermosa conquista ” de 1789; la fragmentación de la propiedad es un daño». Cuando está a punto de morir consumido por la cangrena, su hermana, aprovechando el coma, impone un final de arrepentimiento cristiano.

Para una mayor información también se puede consultar, entre otros libros: Ortiz (Lourdes), Conocer a Rimbaud y su obra, (Dopesa, BCN, 1979; Bonnefoy (Ives), Rimbaud par luí méme, (Seuil, París, 1961), y sobre todo Gascar (Pierre), Rimbaud y la Comuna (Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1975).

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