Inicio > Arte y Cultura, Nacionales > Rita: Crónica de una navidad

Rita: Crónica de una navidad


Por Nora Méndez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

La Rita era en ese entonces una cipota alta y robusta, con cara de niña. Sus rasgos faciales eran los de una pajarita afilada y vivaz. Su pelo era rubio, de varios colores tornasolados y hablaba siempre bajito, en un envase de pena y feminidad.

Un año antes yo andaba pateando rayas de una carretera borrosa a la cual me llevaron diferentes procesos psicosociales, complicados por los sistemas hormonales recién desempacados del letargo de niña. Era la navidad del año 1986 y mi vecino corría un jeep y lo llamaba Nicky Cañas, era mi cómplice ciego para vuelos probatorios hacia la adultez, él conspiraba conmigo en silencio. Para entonces tenía una relación -iba a decir amorosa pero no lo era- curiosa con un sujeto particularmente mentiroso y encantador. Era poeta, como quería serlo yo. Con él aprendería en el transcurso de pocos meses un poco más de mentiras y coplas, lecciones dolorosas de cómo hacer el ridículo y papelitos doblados, sudorosos en las manos que romperían los maestros en indiscretas cacerías de suspiros de alumnas.

Mi relación familiar era fría. Un año antes mi hermana se había casado y con ello la casa quedó un poco muerta, todo volvió a la rutina sin sobresaltos, sólo comidas y reposos. La única bulla que se escuchaba era mi estéreo con las tristes canciones de Silvio y por la noches, la guitarra que me esforzaba por comprender. Mi madre me había advertido una y otra vez que no quería ni enterarse de novios, que aquello era un tema vetado así como las salidas nocturnas y fiestas. Yo tampoco quería tener novio, lo que pasó con aquel poeta sonriente era como dije antes, pura curiosidad, aburrimiento mío que no tenía nada mejor que dejarme llevar por sus halagos, un poco de soledad y hasta de vanidad intervinieron en una relación que ahora que lo pienso, muy poco recuerdo.

Lo que sí recuerdo es esa navidad de 1986. Habíamos quedado en vernos hasta el 25 de diciembre, pero una inercia promovida por la gravedad de la casa sin risas hizo que me precipitara a la casa de Nicky Cañas para prestarle el teléfono y citar al poeta esa misma tarde del 24. El poeta reaccionó un poco asustado pero aceptó el cambio de fechas sin preguntar mayor cosa. Nos vimos una cuadra abajo de la casa a eso de las 2:30 p.m. Se sorprendió cuando me vio aparecer con una bolsa negra plástica grande, de esas que se usan para sacar la basura cuando se rasuran los jardines.

Unos minutos antes de salir había saqueado literalmente el refrigerador de la casa y la alacena para llevarme unas uvas, manzanas y galletas. También me tomé un tiempo por la mañana para sacar de los roperos de toda la casa, ropas que yo pensaba que ya nadie se ponía y zapatos, para colocarlos en mi bolsa de navidad. El poeta sonrió con todo su rostro y encendiendo el auto preguntó adónde íbamos. El sabía que las aventuras conmigo nunca eran aburridas, creo que agradeció la llamada intempestiva.

“Vamos a una comunidad cerca de…” En efecto, me dirigía a una comunidad en donde había estado ese mismo año realizando un censo que levantamos para la UES los revolucionarios estudiantes de la FES, luego del terremoto del 10 de octubre. Entonces había conocido a una señora que además de caerme bien me conmovió con su historia. Era madre de varios hijos, también estaba casada y toda su vida había pertenecido al Comité de Base de su comunidad y añoraba votar algún día por un partido de izquierda. Era una mujer tranquila, su sonrisa estaba libre de dientes y llevaba consigo un delantal donde parecía guardar la vida.

Desde el día en que la conocí supe que volveríamos a encontrarnos, en realidad yo quería hacer algo más que hablar un poco de paja con ella, hacer un censo y lavarme las manos, entonces llegó la navidad. Con el poeta íbamos zumbados por la calles, como haría el Grinch cuando fue a devolver los juguetes robados. Yo no era una burguesa u oligarca, nada por el estilo, aquellas uvas, manzanas y galletas su buen trabajo le había costado a mi mamá comprarlos, estoy segura, pero yo quería compartir algo con aquella señora; en ese entonces yo creía en la leyes Robin Hoodinescas de robar al que tiene para dar a los pobres; más adelante comprendería que si vas a dar algo debe ser tuyo, te debe costar a vos y no a otros, de lo contrario no vale ni sirve dar.

Llegamos al sitio donde vivía la señora pero una vez ahí me di cuenta que entre tanta champa no iba a ubicarme donde ella vivía. No quería confesarle eso al poeta, era quitarme los superpoderes de niña y además hacerlo quedar de tonto como yo. Comencé a caminar despacio tratando de ubicarme hasta que una manta me hizo recordarlo todo. Estábamos en frente de la champa indicada, estaba construida de láminas y cartones. La puerta estaba cerrada con un gran candado visto desde afuera. No puede ser! -dije- volteando a ver a mi intrépido compañero, que a su vez me miraba con gran compasión.

De inmediato pasamos al plan B y buscamos un hueco entre el techo y las paredes; la verdad que habían varios huecos pero sólo uno tenía un tamaño más o menos decente para hacer pasar de algún modo la gran bolsa. El poeta se inclinó y puso sus manos como grada para impulsarme y elevarme a la altura del techo. Traté de meter la bolsa pero no pude. Entonces a él se le ocurrió que debía meter las cosas de una en una. No -pensé de inmediato- se van a arruinar las uvas y las galletas y las manzanas! Ya estaba a punto del llanto, cocinado a 250 grados de mala suerte.

Unos señores que estaban por allí cerca nos rodearon entonces, con cara de pocos amigos y comenzaron a preguntar qué hacíamos. Con paciencia de santos asustados les explicamos la operación Santa pero igual se quedaron a vigilarlos en el arduo proceso de meter cosa por cosa. Tratamos de convencerlos que conocíamos a la señora, pero nos seguían viendo con descontento.

Por fin terminamos la operación que me costó varios rayones en los brazos y al pobre poeta varios dedos magullados. Ibamos felices, un poco temerosos de que los hombres inquisitivos entraran a robarse algo pero como era navidad, confiamos. Pasamos el resto de la tarde dando vueltas y luego no quise volver a la casa por lo que decidí quedarme donde otros amigos, a los que con sus caras de preguntones -ellos eran buenas personas pero meques- tuve que darles una alucinante explicación para satisfacer su apetito desmedido de noticias y porque además ya había comenzado a usar pequeñas historias como varitas mágicas para suavizar la vida de otras personas.

Mi mamá  a esa altura ya había pasado de preocupada a histérica. Ella y mi hermana habían cateado literalmente mi cuarto y llamado a cuanta persona se les cruzara por su mente llena de inflamada conciencia materna. Es lo malo de vivir como hija única sin serlo, si estás nadie te mira y si te vas todo el mundo lo nota. Confieso que nunca pude llenar la casa como mi hermana y que tampoco pude dejarla sin que mamá sufriera, eran dos puntas de un lazo que para funcionar no se unía, como salta cuerdas. No se cómo hicieron para contactar al poeta ni por qué pero llegaron a buscarme con todo y el pobre sujeto ya sin sonrisa. Papelón marca extensa, hoyo negro en la memoria, sudor de calcetín en noche fría. De regreso, en el auto de mi cuñado y mientras este me regañaba como si fuera mi tata, yo pensaba si la señora habría encontrado ya las cosas y cuál sería su reacción. No le dije a nadie lo que habíamos hecho, creo que en mi familia pensaron que estaría enmotelada con el sujeto y no valía ni la pena aclarar sus malos pensamientos.

Unos meses más tarde, en el año 1987, conocí a la Rita en la Parroquia de Zacamil. Ella era parte del grupo juvenil y ensayaba en el coro que entonces y sin saber cómo, yo dirigía. Desde el primer día fue la gran pegasón conmigo; todos decían que era mi hermanita y a mi me caía bien e inspiraba ternurita. Un día de diciembre sin que ni para qué me invitó a su casa, a conocer a su mamá. Cabal! la mamá de la Rita era la señora a quien el Grinch había llevado hacía poco menos de un año los regalos robados a su propia mamá.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Anuncios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: