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El Entierro de Haití


Por Carlos Urabá.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

¡Esto ya es el colmo! que uno de los países mas pobres del universo se vea castigado de una manera tan cruel por un desastre natural no admite calificativos. Definitivamente a Haití le han caído a las siete plagas de Egipto además de dictaduras, invasiones militares, golpes de estado, matanzas, huracanes, incendios, hambre, enfermedades y ahora para rematar un terremoto devastador de 7.0 grados en la escala de Richter.

Esta es una prueba más de que Dios no existe. Ese Dios que los cristianos afirman es clemente y misericordioso ¿cómo puede torturar de una manera tan atroz a sus hijos más desvalidos? Lamentablemente la razón humana no tiene respuestas para semejante drama.

Nuevamente volvemos a contemplar escenas desgarradoras de sufrimiento y dolor. Se habla de cientos, de miles de muertos, de criaturas sepultadas bajo los escombros que imploran auxilio desde el fondo de la tierra, los supervivientes lloran desconsolados, por todos sitios se escuchan gritos de angustia y de espanto, voces desgarradas que reclaman a sus familiares o amigos. La Cruz Roja y los bomberos han comenzado la penosa tarea de evacuar a los heridos y darle sepultura a los muertos antes de que se desaten las epidemias. Más que cajas de leche se van a necesitar ataúdes al por mayor, Y lo más tétrico: que en el cielo los gallinazos revoletean ansiosos preparándose para el gran festín.

Nosotros mientras tanto a miles de kilómetros de distancia asistimos en directo a través de la televisión a este espectáculo tan espeluznante. Con todo lujo de detalles los periodistas se explayan en sus crónicas fúnebres. Porque al fin y al cabo lo más importante para los mass media es explotar el morbo y así elevar el rating de audiencia. Sentados en el comedor mientras devoramos un buen potaje de garbanzos contemplamos incrédulos esa procesión de cuerpos machacados cubiertos de polvo que más bien parecen muñecos de trapo de un macabro guiñol. Entonces, nos echamos las manos a la cabeza y conmovidos exclamamos: ¡qué tragedia más espantosa! Nos ponemos cardíacos, tal vez se nos atragante un pedazo de morcilla en el gaznate, pero a los pocos segundos le diremos a mari o a puri que nos corte un pedazo de queso y nos llene la copa de vino. Ya estamos curados de espanto. Nos hemos vueltos insensibles con tanto reality shows. Pero ¿qué más podemos hacer? Sólo nos queda resignarnos y echar el domingo en el cepillo de la iglesia unos cuantos euros de ayuda para las víctimas de la catástrofe y de paso lavar nuestras conciencias. La vida es cruel, el mundo es cruel y siempre pierden los más débiles y necesitados. Menos mal que nosotros tenemos la suerte de haber nacido en Europa y a pesar que la economía nos trae por la calle de la amargura, si nos comparamos con esos pobres diablos, podríamos decir que vivimos en el séptimo cielo.

Y claro una tragedia de tal magnitud se convierte en un filón inagotable para las o­ngs y los organismos de ayuda humanitaria. La Unión y Europea y Estados Unidos, Canada, Japón, o sea, los países del primer mundo se aprestan a destinar cifras millonarias la reconstrucción del país. Y por supuesto los otros buitres también se encuentran al acecho. Así es de perverso nuestro sistema. Porque mientras que unos sufren, otros sacan grandes dividendos de su tragedia.

¡Luz, cámara, acción !y los periodiostas más avezados meten el dedo hasta el fondo de la yaga. Primero que salgan los niños huérfanos, luego las viudas y por último que se haga una panorámica de la fosa común en la que ha sido enterrada Haití. Esta si es una exclusiva del carajo. Al que le ha tocado la lotería es a blackberry Obama pues ahora va a poder justificar ante el mundo porque le han dado el premio Nobel de la Paz. Es la ocasión perfecta para acallar las críticas que ha recibido últimamente al autorizar el envio de más tropas de ocupación a Afganistán. El presidente de EEUU es un ángel bendito que viene al rescate de sus hermanos de sangre. Según sus palabras cuentan con todo su apoyo y solidaridad. Lo más seguro es que hasta viaje a bordo del Air Force o­ne a Puerto Príncipe para sacarse la foto repartiendo hamburguesas y coca colas entre los damnificados.

Se repite hasta la extenuación que Haití es uno de los países más pobres del mundo. Pero más que pobre sería mejor decir empobrecido. Empobrecido por siglos de expolio y la explotación por parte de las potencias imperiales. La historia no miente y es muy aleccionadora al respecto. La mayoría de sus habitantes son descendientes de esclavos africanos que hoy en dia continúan encadenados a su suerte: el poder adquisitivo es casi nulo, el 80 % de la población carece de trabajo, sólo un 5% de los habitantes goza de los sevicios de luz, agua y saneamiento básico, la seguridad social es inexistente y los que enferman no les queda otra que confiar en la macumba y el vudú a ver si algún santero les salva la vida, el índice de analfabetismo es escandaloso, la economía está en quiebra y la supervivencia del pueblo depende totalmente de la ayuda humanitaria aportada por Europa, Estados Unidos, Canadá o Brasil y las remesas en dólares enviadas por los emigrantes. Como si fuera poco la producción agrícola es una ruina pues los suelos han quedado estériles a consecuencia de las sequías y tempestades. Para completar este cuadro tan dantesco por culpa de la tala indiscriminada y los incendios sus bosques y selvas han desaparecido por completo. Haití en un futuro no muy lejano se transformará en un desierto donde sólo se criarán serpientes y alacranes.

Haití es un estado inexistente, es un estado fantasma tutelado por la misión de estabilización de las Naciones Unidas y los Cascos Azules de la Minustah. según las resoluciones del Consejo de Seguridad, se tuvieron que tomar estas medidas dado que su inestabilidad política constituía en una amenaza para la paz en la región. La historia del país se puede resumir en las conjuras y golpes de estado donde una élite organizada en mafias y clanes tribales a mordizcos se disputan el poder. La mayoría son mulatos que oprimen a los negros más negros. Con todo el descaro el dinero público y los presupuestos del estado por arte de magia pasa directamente a engrosar las cuentas en Suiza de los padres de la patria. Si no recordemos lo que aconteció en el gobierno de Duvallier o «papá doc» y de su querido hijito «baby doc», un par de dictadorzuelos con delirios de grandeza que quisieron instaurar una monarquía y cuya línea de gobierno se basaba en la la tortura, la corrupción, las extorsiones y el chantaje. Inclusive organizaron los famosos Tonton Macoute o escuadrones de la muerte que practicaban el canibalismo y sembraron el terror en la isla durante treinta y cinco años. Todo, por supuesto, bajo la complaciente mirada de los países occidentales.

Sin la menor duda Haití ha recibido el tiro de gracia. Es triste reconocerlo pero de este golpe va ser muy difícil que  vuelva a  levantarse. Los infaustos sucesos nos llenan de impotencia e incredulidad. La madre naturaleza se ha ensañado con sus habitantes de la forma más cruel y despiadada. Para encontrar el alivio ya no valen ni oraciones, ni golpecitos en el pecho. Muchos pediran resignación cristiana y que después de la tempestad viene la calma. Pero no son más que condolencias para aliviar el duelo. Parece mentira pero nos ha tocado asistir al entierro de todo un país, igual que Sodoma y Gomorra fueron destruídas por una lluvia de fuego, el pueblo haitiano ha sido enterrado vivo por un devastador cataclismo.

Carlos de Urabá 2010
Investigador de Colombia

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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