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Lo que no aprendió el Socialismo Burocratico del Culto a la Personalidad


Por Javier Bierdeau.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

El pensamiento marxiano, como una de las referencias del pensamiento crítico socialista, nunca postuló ni el culto a la personalidad ni la existencia de partidos únicos.

Las revoluciones democráticas y socialistas se definen por la participación de las multitudes, por el empoderamiento popular, por el protagonismo de las mayorías en las decisiones fundamentales que permiten superar las condiciones de explotación, coerción, hegemonía, exclusión y negación cultural. Una revolución democrática y socialista se desnaturaliza y desvanece cuando comienzan a aparecer los “operadores de sustitución” y los llamados “acróbatas audaces”. Cuando ya no es el pueblo organizado, ni el poder popular lo fundamental, sino la dirección de un partido (si es único mejor) o el culto a la infalibilidad del líder supremo, allí comienza no el “giro hacia la izquierda”, sino el “giro hacia la derecha”; y quizás, hacia la “extrema derecha”.

El pensamiento marxiano, como una de las referencias del pensamiento crítico socialista, nunca postuló ni el culto a la personalidad ni la existencia de partidos únicos. Quienes si postularon el “principio del caudillo”, así como la existencia de un partido con estructura y disciplina militar, fueron los fascistas, nazis y falangistas; es decir, la extrema derecha.

El liderazgo revolucionario, democrático, socialista no puede confundirse con el “principio del caudillo” de cuño despótico, a pesar que las demandas, aspiraciones y expectativas de un colectivo de expresen o articulen de manera histórica y contingente en el “momento del líder”. Un lider puede condensar y catalizar, pero tiene que existir una fuerza popular a ser condensada, resumida y catalizada, para que no sea un simple espectáculo personalista. Pues lo que diferencia claramente la derecha de la izquierda, es la relación entre este “momento del líder” y el decisivo “momento del protagonismo popular”, como mandante de la decisión política fundamental, pues siempre será distinto “mandar obedeciendo al pueblo” que “mandar sometiendo al pueblo”.

Luego del colapso del “socialismo burocrático-despótico” en la URSS y de su zona de influencia, no puede postularse ningún socialismo para el siglo XXI, que no sea parte de una revolución democrática en sentido constituyente, como democracia radical, deliberativa, participativa y protagónica. Lo que define el avance o el retroceso revolucionario, es la profundización o no del proceso popular constituyente, de la democracia sustantiva, no la exaltación del partido único o de algún mito del cesar infalible. Pues no hay nada más sencillo para los instrumentos del Imperio, o para un “putsch” de las derechas oligárquicas, que decapitar políticamente a una dirección revolucionaria, que comience a mostrar graves síntomas de deslegitimación popular, o que deposite toda sus herramientas de lucha en el apoyo a cualquier líder con “pies de barro”.

El momento del líder requiere de bases sociales de apoyo fuertes, requiere de momentos de protagonismo popular decisivos, requiere de una multitud popular organizada y movilizada tras un proyecto histórico d eliberación. Obviamente, a los lideres históricos hay que preservarlos, pero no hay que elevarlos al “panteón de los semidioses”, a venerarlos con la mas rastrera adulancia palaciega, ni diseminar apoyos automáticos, o considerarlos infalibles.

Los líderes históricos se construyen en y desde el diálogo crítico con el protagonismo popular. No hay mejor apoyo a un liderazgo histórico, que la sustitución de un “pueblo-masa de maniobra”, por un pueblo protagonista de su historia, con base a su proyecto histórico de liberación.

Aquí podríamos aprender de la evaluación que realiza el historiador marxista venezolano Oscar Bataglini de los errores del mismísimo Bolívar en los comienzos de la fase Republicana de nuestra historia (de la República distante a la Colonia Interior; 2009, p.164), cuando señala que Bolívar: “(…) dispuso de todas las ventajas que potencialmente le hubieran permitido crear una estructura de poder político y militarmente estable, capaz de convertirse en fuerza hegemónica; es decir, en la dirección ético-política que guiara el proceso constituyente de las repúblicas suramericanas ( o al menos de aquellas en las que actuó más directamente) de acuerdo a las prefiguraciones contenidas en su proyecto político.”

Pero el mismísimo Bolívar no logra avanzar en la constitución de un centro de dirección política en parte por la persistencia de una dirección política unipersonal-caudillista, que “le impide disponer orgánica y permanentemente de la síntesis de un complejo de opiniones para reducir el margen de error en el diseño y ejecución de los planes políticos concretos que sirven para la realización del proyecto político”. Más que la simple adhesión o sujeción carismática con el “momento del líder”, Bataglini valora los principios que le otorgan legitimidad y la continuidad histórica del proyecto de liberación, púes allí reside el núcleo configurador de la praxis transformadora.

Ningún culto a la personalidad, ni bonapartismo, ni dirección personalista-caudillista, ni estilo de liderazgo autoritario, ni cesarismo puede estar por encima de la definición colectiva del proyecto político de liberación social. No se avanza en un proceso popular constituyente desde la debilidad de la conducción colectiva. Un Estado-Comuna puede colapsar en un Estado-Leviatán (como señala Aguilera del Prat: La teoría bolchevique del Estado socialista (2005), p.90-95) si se consolida un sistema de “nomenclatura” de fusión del Partido-único con el Estado, desparece el pluralismo competitivo, desaparezcan los dispositivos institucionales y populares de control del poder.

Una apología del culto a la personalidad, constituye la fase superior del sectarismo. Se trata de una mezcla explosiva de despotismo, que opera generando mayor entropía, desorganización, desaliento y disipación en los cuadros de dirección del proceso revolucionario, pues dada la ausencia de una efectiva radicalización de la democracia en un sentido sustantivo (que constituye la bandera política más importante de la revolución bolivariana para el empoderamiento popular), la llamada “democracia protagónica revolucionaria” se vivencia cada vez más como espejismo, es decir, como ilusión política.

Emergen voces que se dicen de izquierdas, pero que asumen las formas de discurso, propaganda y de legitimación de la peor de las derechas, la que rinde culto a la infalibilidad del “principio del caudillo”, cuyo origen fue, es y será de todos modos reaccionario. Lo plantearemos sin tapujos: el “principio del caudillo” es un principio simplemente fascista. Allí están Mussolini, Hitler y Franco, para muestra histórica de nuestros “aprendices del culto a la personalidad”. Las tendencias cesaristas y sectarias contribuyen con los espirales de descontento, desencanto y desconcierto (las 3D de la derrota) en las bases sociales de apoyo del proceso nacional-popular que se activó formalmente el año 1998.

Sus posturas de promoción de la lealtad ciega configuran debilidades, anticipan derrotas, y como ocurre en estos casos, sus estados de alienación subjetiva y sus cuadros paranoicos-regresivos proyectan los esperables “chivos expiatorios”, fuera del círculo de su propia responsabilidad política e ideológica. Al parecer no aprendieron de la derrota de la reforma constitucional, que en Venezuela no hay 4 millones de oligarcas. Allí no leen a Fidel.

El sectarismo en la “política de izquierdas” siempre conlleva una alta dosis de temeridad, desesperación e irresponsabilidad, de aventurerismo que deriva en la búsqueda de seguridad en el mito del mesianismo redentor. Esto no es nada novedoso en la historia del sectarismo, pero lo paradójico es que se acumulan innumerables ejemplos en la historia, y aún así, se siguen repitiendo los mismos consejos y errores. Se trata de una patética incomprensión de fondo de los procesos de transición al socialismo como proceso de cambio histórico-estructural de mediana y larga duración, en al menos un bloque de países, lo que supone que no hay socialismo en un solo país ni que se construya por decreto, desde arriba, sin la intervención protagónica y decisiva de las mayorías populares.

Si tan fervientemente aparentan ser lectores y diseminadores del marxismo soviético de los años 50, desde donde extraen como “novedad” la tesis de la “conciencia del deber social” (¿Toby Valderrama-Antonio Aponte & C.A. dixit?), perteneciente a los sintagmas del “código del constructor del comunismo” (frase que aparece así, literalmente, desvergonzado “calco y copia” del marxismo burocrático soviético), podrían pasearse por algunos enunciados del informe secreto de Nikita Khrushchev del 25 de febrero de 1956 (http://www.marxists.org/espanol/khrushchev/1956/febrero25.htm):

“Es ajeno al espíritu del marxismo-leninismo elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios. A un hombre de esta naturaleza se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que le permite prever todo, y, también, de un comportamiento infalible. Entre nosotros se asumió una actitud de ese tipo hacia un hombre, especialmente hacia Stalin, durante muchos años.”

Obviamente, la camarilla que controlaba el PCUS trataba de excusar sus responsabilidades colectivas tratando de enterrarlas con el cadáver de Stalin, pues se trataba de conservar intacto “los principios del Partido, de la democracia del Partido y de la legalidad revolucionaria”.

Así mismo, en los tan mal citados diccionarios y manuales soviéticos (Rosental y Iudin) se define por culto a la personalidad a la “Ciega inclinación ante la autoridad” de algún personaje, ponderación excesiva de sus méritos reales, conversión del nombre de una personalidad histórica en un fetiche.” Según los manuales: “La base teórica del culto a la personalidad radica en la concepción idealista de la historia, según la cual el curso de esta última no es determinado por la acción de las masas del pueblo, sino por los deseos y la voluntad de los grandes hombres (caudillos militares, héroes, ideólogos destacados, &c.). Es propio de diversas escuelas idealistas atribuir un valor absoluto al papel de las personalidades eminentes de la historia (Voluntarismo, Carlyle, Jóvenes hegelianos, Populismo).”

Tomando como referencia los trabajos de Plejanov se reitera que “el marxismo-leninismo examina el papel de la personalidad, del dirigente, en estrecho vinculo con el curso objetivo de la lucha de clases, con la actividad histórica de las masas del pueblo. Ni siquiera la experiencia del más genial de los dirigentes puede sustituir la experiencia colectiva de millones de personas. El culto a la personalidad es profundamente adverso al marxismo-leninismo, que por su propia naturaleza, es la ideología de las inmensas masas trabajadoras, con cuyas manos se transforma la sociedad capitalista en comunista”.

El llamado revisionismo soviético llegó a plantear que: “En la práctica, el culto a la personalidad socava los principios democráticos de los partidos comunistas y de la sociedad socialista. Sólo podrá asegurarse el éxito de la lucha contra el culto a la personalidad, tanto en la sociedad socialista como en los Partidos comunistas, si se desarrollan por todos los medios la democracia, los principios leninistas de la construcción del Estado y del Partido”.

Se trata de volver al carril leninista, luego del despropósito Stalinista. Una fórmula que deja intacta a la ortodoxia bolchevique, y que no asume la crítica radical del pensamiento marxiano del imaginario jacobino blanquista. El asunto no estaba solo en el culto al individuo, ni en la violación del principio de la dirección colegial en el Partido, concentrando un poder limitado en las manos de una persona, sino que todo partido que liquide la diversidad, la democracia (interna y externa) y el desacuerdo, produce como contraparte del sectarismo, el culto a la personalidad. Y por ese camino, lo que se garantiza el reflujo del proceso popular constituyente. Es posible comprender históricamente la transfiguración de la revolución bolivariana como revolución nacional-popular en “revolución chavista”, con su seguidismo ideológico del castrismo cubano, y todos los formatos asociados a este estilo político de bonapartismo de izquierda, incluyendo sus rituales de devoción a la personalidad heróica el “Comandante”. Esto implica el acatamiento sin crítica de las expresiones en la opinión pública del Comandante, y la estigmatización de las críticas y desacuerdos, desde las descalificación de las manidos recursos a la traición, pasando por la infiltración de los servicios de inteligncia extranjero, hasta llegar a las amenazas. Un verdadero cuadro paranoico-regresivo que muestra las debilidad de este formato de mediación política.

Más que seguidismos ideológicos, de adulancias palaciegas, el destino de la revolución democrática y socialista en Venezuela se juega en la recuperación histórica de procedencias críticas como las que habitaron en algún momento de nuestra propia historia (sin necesidad de tutelaje ideológico extranjero) en tiempos del PRP (Partido Republicano Progresista) o en el propio PDN (Partido Democratico Nacional); es decir, organizaciones políticas que promovian el debate programático del ideario socialista en las condiciones específicas de la revolución venezolana. Pues allí al menos había debate ideológico y político del bueno, y no un permanente llamado policial a la disciplina, al silencio de los verdaderos problemas de la revolución, a la lealtad ciega y obediente, al “calco y copia” (o su versión siglo-XXI de “cortar y pegar”) que parecen más afines a los espíritus de secta, que a la construcción de un profundo debate socialista para el siglo XXI.

De eso se trata, del socialismo desde múltiples perspectivas y corrientes de debate, y no al monologo que se impone desde la propaganda bancaria y desde nuestra estapa superior del sectarismo (Freire dixit), la que impone la cartilla monótona del culto a la personalidad.

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