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Andanzas y malandanzas de Joaquín Villalobos


Joaquin Villalobos

Por Gaby Robles.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

porque si hemos de dar a las palabras su alcance justo y preciso, estaremos obligados a confesar que la rapidez que Nerón puede desarrollar, no es como para dejar maravillado a nadie. Casi no podemos decir que vaya más allá de un trote largo.

Pero como no es cosa de negar sus fueros a la imaginación, decimos y repetimos que Nerón corre como un saeta, como una centella, como un relámpago”.

Alberto Rivas Bonilla, Andanzas y malandanzas, 1936.
Por Luis Armando González.

Ni modo. Joaquín Villalobos es una figura pública a la cual es inevitable, por lo menos de vez en cuando, dedicarle alguna atención. Una serie de acontecimientos y procesos importantes del pasado y del presente se asocian a su nombre, que obviar su papel y sus compromisos es cerrarse a entender esos acontecimientos de una manera más cabal.

No es –que no se nos malentienda— ni el principal héroe ni el principal villano de la historia salvadoreña reciente; caracterizarlo como una u otra cosa, sería situarlo muy por encima de lo que en realidad fue (y es): un ex comandante guerrillero que lideró a una las organizaciones político-militares que integraron el FMLN en la época de la guerra; que luego abjuró de sus compromisos ideológicos y políticos; que en la postguerra se acercó, con relativo éxito, a la derecha empresarial y política; que se alejó del país para labrarse en el extranjero un prestigio –asentado sobre su trayectoria militar (en muchos sentidos inflada artificiosamente)— como analista político de academia; y –una vez que se labró la imagen de gran negociador y conciliador—, perfilarse como especialista en resolución de conflictos. El último rubro en el que ha incursionado es en el de la asesoría a gobiernos en el combate del narcotráfico y del narcoterrorismo.


No le ha ido mal, después de todo. Y es que, convencido como está de quien dice ser, ha logrado convencer a otros de sus virtudes morales, intelectuales, políticas, de investigación criminológica y de conocimiento de las redes de narcotráfico. Por ejemplo, logró convencer a propios y extraños de que desde un principio él y su organización –el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)— fueron socialdemócratas, no marxistas-leninistas (ni socialistas ni comunistas).

Tanto repitió esa afirmación –no sólo él, por supuesto, sino también quienes lo tenían por caudillo— que terminó por creérsela y por hacérsela creer a los demás.  Por supuesto que los documentos doctrinarios y las prácticas del ERP en los años setenta –salvaguardados por una dirigencia dura, dogmática y no ajena a la ortodoxia que entre otras cosas fue la que decidió el asesinato de Roque Dalton— dicen todo lo contrario.

Pero casi nadie se tomó la molestia de revisar esos documentos, así que Joaquín Villalobos pudo salirse con la suya: logró convencer a quienes se dejaron de que había sido un socialdemócrata de toda la vida. No que en algún momento había renunciado, como ha sucedido con miles de personas alrededor del mundo, al marxismo-leninismo (y maoísmo en el caso del ERP), sino que nunca había profesado tal ideología política. O sea, estábamos (y estamos) ante una persona con unas credenciales democráticas genuinas, ocultas –bien ocultas— tras el autoritarismo, el militarismo y el dogmatismo de los que hizo gala la organización de Villalobos en los años setenta y buena parte de los años ochenta.

A la par de esta autoafirmación socialdemócrata, Villalobos se autopromocionó como el gran estratega militar de la izquierda armada. Otros comandantes guerrilleros y estrategas militares quedaron –en esa visión— a la zaga de él en osadía, creatividad, valentía y ferocidad. Fue visto y así es visto por mucha gente –sobre todo en el extranjero— como el líder militar indiscutido. Mientras que otros líderes militares de la izquierda –ya en la postguerra— eran prudentes acerca de su pasado militar, Villalobos hizo se ese pasado su principal tarjeta de presentación.

Se movió al filo del precipicio político: por un lado, no era fácilmente conciliable su vocación socialdemócrata de siempre con la fiereza militar que él mismo se atribuía, ayudado por un coro de publicistas en ciernes que lo idolatraban a más no poder. Sin embargo, jugó con ambas cartas. Por otro lado, su fiereza militar (y la de su organización) había dejado heridas profundas en los sectores de la élite de derecha que no estaban dispuestos a olvidar las afrentas padecidas a manos de Villalobos y los suyos.


La proclamación de las gestas militares del ERP –debidas al genio de Villalobos— no ayudaba mucho a los afanes del ex comandante “Atilio” por conquistar un lugar en los espacios de poder controlados por la derecha. Su oferta a la derecha era algo así como: “soy un gran estratega militar que conoce los secretos del FMLN, pero soy un demócrata convencido; es decir, soy uno de los suyos que se desvió del camino y que les hizo daño. Ahora puedo reparar el daño que les hice, si ustedes me aceptan como uno de los suyos”.

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  1. febrero 9, 2010 en 6:05 pm

    El verdadero viento sabe de donde viene y a donde va
    y en su paso deja la libertad para su pueblo a quien tanto ama.

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