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79 meses y contando


El volcán islandés continúa impidiendo despegues en Europa

Por Andrew Simms.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Siempre resulta difícil imaginar un mundo fundamentalmente diferente del que encontramos todos los días. Incluso cuando el equilibrio se deshace profundamente entre las fuerzas políticas establecidas, parece como si hubiera un nuevo DJ interpretando canciones diferentes, pero que estamos en la misma fiesta. Tenemos la prensa diaria con las rutinas y exigencias de cada día, y un vendaval con fuerza de tormenta de informaciones multimedia inalterables.

A menos, por supuesto, que suceda algo que rompa realmente la rutina. Si esperamos lo suficiente, siempre habrá algo. No fue una metedura de pata o un debate televisivo, sino una explosión que nos permitió a todos imaginar un mundo realmente diferente durante esta campaña electoral, un mundo en el que nos conectamos de nuevo con el entorno.

En las primeras horas del miércoles 14 de abril de 2010 explotó un volcán dormido y cubierto de hielo, de nombre difícil de pronunciar (Eyjafjallajökull). Nadie lo escuchó en Europa septentrional, porque el volcán estaba muy lejos, en Islandia, pero los cielos del norte de Europa quedaron en silencio.

En cuestión de horas cerraban los aeropuertos de toda Europa. Como si un gigante hubiera apagado el botón del sector de la aviación. ¿Por qué? Porque el polvo fino de una nube enorme y creciente lanzada por el volcán era letal para los motores de los modernos reactores. Los aviones que en el pasado volaron entre nubes similares habían sufrido terriblemente, llegando casi a desastrosas pérdidas de potencia. Durante días no se despegó en Europa. “A cinco millas de altura el silencio de la ceniza / Pero el cielo estaba tan limpio como una pizarra blanca”, escribió la poeta Carol Ann Duffy.

Una de las principales arterias del mundo moderno –los baratos y ubicuos viajes aéreos– había desaparecido repentinamente. Lo que sucedió después fue revelador, posiblemente un vislumbre de un mundo futuro en el que el cambio climático y unos suministros de petróleo estrictamente limitados hubieran recortado las alas del sector.

Filósofos, poetas y viajeros encallados llenaron de reflexiones las o­ndas de la comunicación. Sí, dijeron, desde luego que fue un inconveniente. Nadie estaba preparado para ello. Pero de pronto los cielos fueron pacíficos. La gente encontró otros modos de llegar de un sitio a otro. Tomaron trenes, autobuses, taxis y coches compartidos. Hablaron unos con otros y, al viajar a tan poca velocidad, disfrutaron del paisaje y fueron más conscientes del mundo por el que estaban pasando. Y lo más sorprendente, pues siempre pensamos que no podríamos vivir sin los viajes aéreos, fue que el mundo no se paralizó.

El cielo no se cayó, solo parecía más pacífico. Lo escuchamos con más claridad, como escribió Duffy, “los pájaros cantan en primavera”. Simplemente, casi todo siguió funcionando. Las líneas aéreas sufrieron económicamente, pero se reveló qué eran pocas las cosas de las que dependemos para la vida diaria que están basadas realmente en las líneas aéreas. La vida sería diferente sin ellas (o muy pocas de ellas), pero continuaría, como lo ha venido haciendo desde hace miles de años.

Kew Gardens, en el sur de Londres, es famoso por dos cosas. Una de ellas es su notable colección botánica, la otra es que está bajo la vía de aproximación al aeropuerto de Heathrow. Normalmente, los visitantes ven interrumpida su apreciación de la naturaleza por los aviones que pasan en vuelo bajo cada pocos segundos. Si ha visitado Kew Gardens durante el breve cese del fuego de abril, habrá visto multitud de personas mirando en silenciosa maravilla a lo que faltaba en el cielo por encima de su cabeza. Como muchos otros, tras las bravatas del sector aéreo amenazado, sospecho que tenían la sensación de que, gracias a un suceso geológico aleatorio en una isla lejana, habíamos encontrado un mundo diferente y mejor.

Desde luego, esto no es lo que nuestros principales políticos habían planeado. Todo lo contrario. Típico de los países ricos, el Gobierno británico está planeando que el número de pasajeros aéreos que usan sus aeropuertos casi se tripliquen de los 200 millones actuales a 500 para el año 2030. Y, si se permite que crezca la aviación, para 2050 dará cuenta de entre la mitad y la totalidad de todas las emisiones de carbono aceptables del Reino Unido, incluso aunque ese crecimiento se reduzca. Pero esos días de abril revelaron que, incluso en las circunstancias más dramáticas del cierre más completo, repentino e inesperado del espacio aéreo del norte de Europa, podíamos adaptarnos.

Escandalosamente, el entorno, nuestro sistema de apoyo subyacente a la vida física, apenas ha merecido alguna consideración durante la campaña electoral. Aunque es interesante que tanto los conservadores como los liberal demócratas hayan dicho que se oponen a una nueva pista en Heathrow. Con eso, y teniendo en cuenta los recuerdos recientes, como dijo la poeta, de que los cielos limpios “silenciosamente nos convocan”, quizá recordemos que el cambio no es solo posible, sino que realmente se produce. Con independencia de lo que se elija, queda una cuenta de 79 meses para marcar una diferencia real con respecto al cambio climático.

Traducido por Víctor García.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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