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La Triste Realidad Mundial


Por Hermann W. Bruch.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Definir el rol de los partidos políticos en el funcionamiento del estado y,  supuestamente de la democracia, es tarea de cientistas políticos y de  tratadistas sociales, y no pretendo poseer ninguna de estas cualidades. Lo que sí puedo hacer, en mi calidad de ciudadano, es tratar de interpretar las señales que recibimos de parte de los encargados de estas instituciones y el grado de insatisfacción que generan en nosotros.

Lo poco que he leído acerca de estas cuestiones me hacen pensar que el rol  de los partidos políticos ha sido definido como los principales  articuladores y aglutinadores de los intereses sociales. De tal forma que  los partidos políticos participan en la lucha por el poder y en la formación  de la voluntad política del pueblo a través de los procesos electorales.  Vemos en estas definiciones que, de forma implícita o tácita, aparece el  interés popular, el interés de la sociedad.

Es evidente que hay una crisis mundial generalizada en torno a los partidos  políticos a tal grado que se cuestiona constantemente su vigencia, ignorando  a veces su razón de ser. Parte de esto seguramente se debe a las tremendas  transformaciones sociales de los últimos tiempos, derivadas de los avances  tecnológicos e informáticos. Pero también, en gran medida, esta crisis – y  este parece ser el caso salvadoreño – se debe a la desconexión que hay entre  los partidos políticos y la gente. El juego electoral ha sido perversamente  manipulado por los políticos inescrupulosos, de tal forma que es casi  imposible pretender que éstos se vean comprometidos con sus electores,  siendo más “rentable” obedecer a mandatos provenientes de cúpulas económicas  o , en todo caso políticas, que a su vez desconocen los intereses de sus bases.

La permanencia en el poder no está regida por le eficiencia en el ejercicio del mismo sino por la astucia, la “animalada”, el compadrazgo, la componenda  y el contubernio. Esto es corrupción del sistema a todo nivel y en todas las  instancias. Le decencia ya no es viable, sencillamente porque el que la quiere poner en práctica es anulado rápidamente por el “clan” de los  corruptos. Este clan, o “clica” (palabra que proviene del inglés “click”)  opera con impunidad y con total falta de ética. El fin único es el  sostenimiento del aparato político oligopólico, en donde sólo tienen cabida  los “compinches”.

De allí que los ciudadanos estamos cada vez más desencantados y nos sentimos iindefensos ante los abusos de los que ostentan los puestos claves del  aparato político burocrático. La impunidad provoca una sensación de  desesperanza y de inestabilidad al grado de que, la única salida plausible pareciera ser el quebrantamiento de la ley, la desobediencia civil, o la  organización delincuencial, como es el caso de las “maras”. No quiero caer  en el simplismo de atribuir ésta como la única causa de este fenómeno  social, pero sí dejar en claro que mucho de estos problemas tienen su origen  en la descomposición del sistema político en todas sus partes y estructuras.

¿De qué otra forma podríamos explicar lo que está sucediendo actualmente en  la Corte Suprema de Justicia? ¿Qué otra explicación podría tener lo que está  sucediendo en nuestras estructuras del deporte nacional, muy notoriamente en el deporte rey, el fútbol? El mayor peligro de todo esto es que parece que hemos perdido la capacidad, como sociedad, de analizar y entender la enorme  significancia que todo esto tiene en cuanto a ser causal de que nuestro país  está a punto de convertirse en un estado fallido, si no es que ya lo somos y  aún no lo queremos aceptar.

No voy a extenderme mucho en el desarrollo de esta idea pues no pretendo  convertir este artículo de simple opinión en un tratado sociopolítico, en  parte porque no es mi intención hacerlo, pero además, porque no tengo la  capacidad ni las credenciales académicas ni experienciales para pretender  semejante cosa.

Por lo tanto, voy a intentar cerrar estas ideas planteando lo siguiente: si  no comprendemos que es imperioso intentar poner en sintonía los intereses de  la gente con los de los partidos políticos, si no logramos convencer a  nuestros legisladores de la necesidad de devolverle al sistema político,  especialmente al electoral, ese valor representativo de los intereses  sociales y de convertirse en defensores y negociadores de estos intereses –  entendiendo el de sus electores –  no podremos quejarnos en un futuro muy  cercado del total colapso de nuestro sistema político, dejando paso a la  instauración de una tiranía sustentada por las mayorías enloquecidas gracias a la manipulación inescrupulosa de la comunicación política demagógica.

Es tiempo de que trabajemos juntos en la búsqueda del bienestar social equilibrado, sostenible y estable. Es nuestro deber devolverle a la gente  cierto grado de estabilidad económica, laboral y espiritual. La angustia  colectiva, la desesperanza y la pérdida de credibilidad de las instituciones  no auguran muy bien en la consecución de la paz social.

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