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Viaje a la oscuridad: a propósito de la criminalización de la iconografía comunista


Por Armando Chaguaceda.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

A partir del pasado 8 de junio, en Polonia se penaliza el uso de alegorías comunistas. El presidente, con el apoyo entusiasta de la derecha polaca, aprobó una reforma a la legislación penal, que permite imponer multas y hasta la cárcel a quienes realicen “propaganda de ideologías criminales”. Portar vestimentas con la cara del Ché o Lenin o enarbolar una bandera con la hoz y el martillo  serían objeto de represión legal y legítima.

Por más rechazo o asombro que este asunto provoque, nos lleva, antes de ejercer la crítica fácil, a intentar comprender las hondas heridas que sembraron el antisovietismo (y por ende el anticomunismo) en la sociedad polaca, así como en otras vecinas esteuropeas. La URSS, liberadora del fascismo, fungió como potencia vecina, heredera de la opresión zarista, e instaló gobiernos dóciles que hipotecaron el futuro de las fuerzas de izquierda nacionales, en muchos casos heroicamente enfrentadas a la ocupación hitleriana. La cultura, idiomas y religiones domésticas resintieron la bota del ocupante y generaron -como efecto pendular- un ingenuo encantamiento por todo lo que significara Occidente, incluido los mismos EEUU que por esas mismas fechas bombardeaban Viet Nam, ocupaban Santo Domingo y aplastaban manu militari la vía chilena (pacífica y democrática) al socialismo .

Los cubanos comprendemos bien lo caro que resulta la defensa de la soberanía, sucesivamente amenazada por las agresiones de potencias europeas y del vecino del norte. También las complejas jugadas geopolíticas que tuvo que hacer la Revolución Cubana para sobrevivir tras el cerco sanitario impuesto por EEUU después de 1959, estrategia que incluyó un alineamiento no mecánico (pero tampoco virtuoso o confortable) con las políticas de la URSS, nuestra “hermana mayor”. Nuestro proyecto socialista de liberación nacional ligó la justicia social con el rescate de la dignidad e independencia nacionales y las proyecciones de solidaridad con el Tercer Mundo partieron de esta constatación de sentirnos parte de un segmento relegado (y mayoritario) de la humanidad.

Pero mi reacción ante la medida polaca no se funda en la lógica de la geopolítica ni tampoco en mi apuesta por una  ética pluralista de la convivencia discursiva. Se basa en el reconocimento que, al interior del comunismo y su legado, coexisten-junto a viejos y nuevos dogmas- muchas promesas de redención y esperanza. Que los crímenes estalinistas no bastaron para doblegar a los bolcheviques represaliados en aquellos años 30, que caían altivos cantando la Internacional de cara a sus miserables verdugos. Que los  consejistas de Turín y Budapest, los comuneros de París y los milicianos del POUM, los guerrilleros salvadoreños y los combatientes del Viet Cong no preservaban puestos ni ordenaban genocidios, porque abrían, con su  sacrificio, brechas en medio del colonialismo, el fascismo y las complicidades de la izquierda reaccionaria.

Intentemos preguntas. ¿Son equivalentes el Ché y Pol Pot? ¿La Comuna de París y los gulags? ¿Acaso alcanzará el veto polaco a criminalizar la efigie y memoria de su compatriota Rosa Luxemburgo, la misma que pidió libertad para el que pensaba diferente, que denunció la burocratización temprana de los soviets y que murió asesinada apostando por la Revolución Socialista en la Alemania de 1919?

Podemos llevar el debate más allá de la clave comunista. ¿Prohibirá la Iglesia la imagen de Cristo redentor por todas las miserias cometidas en su nombre? ¿Condenaremos la  bandera de 1789 como castigo a las atrocidades del colonialismo francés en Argelia? ¿Vale la pena entrar al nuevo milenio entonando las melodías terribles de la Inquisición y el oscurantismo?

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