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Lecturas, Formación Humana y Forma de Estado


Por Salvador “Chamba” Juárez.*

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Hay lecturas que ellas en sí bastan para darnos una conjugación de goce, creación y conocimiento, y que de no haberlas efectuado no habría sido igual la comprensión de ese fenómeno integral en el mundo de las letras, y que luego de haberlas consumado ‒tanto con la “delectación de artista”, según expresión de Ernesto Guevara de la Serna para su respectiva formación humana y espiritual; o con la obsesión humanística de Roberto Arlt, vasta, procelosa y “caótica” como él mismo manifestara esto último‒; de igual manera enriquecen los hallazgos y amplían la visión de mundo y por diferentes efectos hacen germinar una fuente de antigua vocación que irradia frescura en la naturaleza interior y son capaces hasta de hacer encender viejos motores olvidados en épocas remotas y, en esta analogía, a pura cigüeña volverlos a dinamizar para arrastrar todo el carruaje de aquel tiempo, de aquel modelo, etc. O simplemente provocan la más leve reflexión acerca de que qué lástima hubiera sido irse de esta existencia, sin haber leído, por ejemplo, Los años de aprendizaje de Guillermo Meister.

A propósito de Guillermo Meister, he de decir que fue la novela que me encantó el 2008, previamente al disfrute de El amor en los tiempos del cólera en octubre de ese mismo año. Esta última, aunque en otro ritmo y en otra misión, siempre me hizo aprender, reír y llorar tremendamente, y la leí al propio tiempo en que vi la película basada en ella para luego preparar un mensaje a compartir con los y las jóvenes de bachillerato del Colegio Cristóbal Colón. Nunca había leído tan rápido y con gran capacidad de disfrute y retentiva (y es que no soy el gran lector, ni el culto literario historiográfico), como esta vez que quise fundamentarme un poco más para no llegar sólo con la impresión del filme, que era el recurso didáctico en el que tenía que basarme para comentar esta obra de Gabriel García Márquez.

Sin entrar en otras valoraciones técnicas y estéticas, entre la novela y la película El amor en los tiempos del cólera, me centralicé, para un abordaje sencillo y directo, en el punto de los amores de juventud y de senectud, en el derecho al amor en todas las  edades y condiciones. Pude pues disfrutar, sensibilizarme y observar ampliamente la vida en esta novela de García Márquez, aun cuando la asimilación fue con fines inmediatos y precisos, en los que yo también me integré como recurso viviente en esa actividad educativa que disfruté muchísimo con la participación proactiva de los y las jóvenes de dicho colegio.

En cambio, la novela Los años de aprendizaje de Guillermo Meister, de J.W. Goethe, la leí con un interés mucho más exhaustivo durante una buena parte de ese año 2008. Verdaderamente pude meterme en ese mundo porque me creé una bóveda de las cuales procuro formar cuando quiero practicar la fantasía, la meditación y otros menesteres del espíritu y la pasión. De no haber sido así, no habría logrado esa dimensión en medio de esta jungla de la realidad, pues increíblemente esta novela me acompañó en las buenas y en las malas de ese año. Con ella andaba cuando experimenté uno de los momentos de más acoso y represión del Estado salvadoreño en contra  de mis intereses y dignidad como ciudadano común y corriente que soy. Guillermo Meister me ayudó a contener la rabia y la vergüenza cuando me dedicaba “a tramitar mi jubilación”, la cual resultó en una pírrica devolución luego de trajinar de la seca a la meca indagando, alegando y aceptando −finalmente con un total desprecio al sistema−, incluso las truncias que me hicieron con los descuentos no aplicados por una reputada institución durante varios años, con los cuales bien se pudo ajustar el tiempo que no alcanzó ¿para por lo menos una triste mesada hasta el final de la vejez? Fue cuando me di cuenta de que tampoco habían colocado las otras cotizaciones restadas por años para el Fondo Social para la Vivienda. ¡Oh qué feo se le oye el tono por este baje, mi querido poeta! ¡No va con las almas de su estirpe un punto de vista semejante; pero bien, vale como recurso para la denuncia…!

Recuerdo que muchos pasajes de esta novela exaltaron mi dignidad humana cuando más  necesitaba de un aliento entre el veredicto del Estado y mis opciones de vida. Por ejemplo, los actores (los cómicos) de la compañía de teatro que aparecen en la novela, los seres de alma poética y de vocación artística que en sus lipidias vivían tan felices contrariamente a las personas “normales”, a los “exitosos” de naturaleza mercantilista, me hicieron reparar en que yo ya no debería ni siquiera establecer ciertas comparaciones ante lo que me estaba sucediendo en esos trámites, ya que si yo había decidido meterme en ellos era por lo que me habían aconsejado los compañeros del sindicato, cuando mi compañera me llevó a ellos para que me orientaran al respecto y terminaron convenciéndome de que, con negarme a dar esos pasos, no estaba haciendo ninguna gesta reivindicativa, sino al contrario: “Usted tiene que sacar de ahí lo que le pertenece; y no es consecuente que eso que usted ha cotizado lo deje para que se lo güeveye el Estado”.

Ya con ese adobo de cosas, sublimes, humanas y fantasmagóricas, no cabía entonces, ni por asomo, lamentar mis renuncias conscientes, mis negativas honrosas en todo ese historial laboral lleno de baches. Incluso las “oportunidades” desperdiciadas y despreciadas que ni aparecen en tal historial, y que sin embargo forman parte también de las actitudes anónimas que me hacían evocar esas almas libres de la novela. Por lo tanto, cuando sentí todo el peso del Estado contra mi interés ciudadano, cuando me dieron el cálculo de su tasación por mis servicios prestados, más que aflatarme me dio coraje, concebí que fuera otra treta más que me hacía el sistema, y vi claramente lo que bien enseña Kropotkin acerca del papel represivo y explotador de cualquier Estado. Pues, cuando me dieron el total del tiempo cotizado, 19 años y 8 meses, ya descontando los bajes; y el cálculo correspondiente en dólares ($5,635.86)*, todavía me preguntaron, humillantemente: “¿Está usted de acuerdo?”.  Y yo re-pregunté: “¿Y qué más puedo hacer?”.  “¡NADA!”, me contestaron de la manera más mecánica y despachante. Entonces, frente a aquel escritorio de la Oficina de Construcción del Historial Laboral, ante la computadora que había calculado mis servicios prestados, me vi en el patíbulo como en un cuento de Bradbury y me sentí en el vértice de un vértigo de Kafkita: era el final de aquel laberinto burocrático tan truculento, creado ad hoc por la inteligencia especializada en provocar esos mal sabores hasta el espanto, precisamente para desanimar a los parroquianos a seguir tales procesos y quedarse el gobierno con las guacas que, de puchito en puchito, se hacen millones, o para dar, con regateos  y baldón, lo que el cristiano ha logrado sortear después de esa apuesta de obstáculos. En realidad, aquello de que las pensiones son un júbilo y que por eso llámase JUBILACIÓN, en estos casos es un insulto. Y esto que ya sin querer darle volumen al otro bochorno, la increíble devolución de CIEN DÓLARES PUNTO CERO TRES CENTAVOS ($100.03), por cotizaciones al Fondo Social para la Vivienda, después de años y años de descuentos que no se aplicaron.

Cuando ya venía con esos datos en el bus, exactamente sobre la pasarela que baja por el Flor Blanca, apenas pensé: «Después de tantos años dedicados con “amor al trabajo”, después de varios cargos en diversos ramos del Estado, en Educación y Cultura, en la UES, y en una iglesia, en los cuales desempeñé las funciones con responsabilidad y las jornadas a tiempo completo, incluso llevando tareas a la casa para hacerlas en las noches, en los fines de semana y asuetos, en fin, después de todo eso que, no obstante, me ha significado aprendizaje y aportación humana; a mis 62 años de edad y sin empleo fijo, voy a recibir yo, como portador regateado, una cantidad menor a una sola mensualidad de un diputado. » Y mejor me dio risa, como cuando uno se da cuenta de que el Gran Premio Nacional de Cultura de El Salvador, que otorga la Presidencia de la República, y concedido por toda una vida consagrada al cultivo de las artes o de las ciencias, en lo monetario también es menor a una mensualidad de un “padre de la patria”.

En momentos como ése es que yo sacaba del zurrón la novela de Goethe, con la certeza de que en su contenido hallaría mucho más acerca del conocimiento de la naturaleza humana, de la diferencia entre el carácter del poeta y el del mercader y el corrupto. Y es que, ante las circunstancias y condiciones de este sistema perverso, hay que atesorar más principios y valores en contenidos como los que en Guillermo Meister había encontrado. Y es que, quienquiera saber acerca de las artes, del comercio, del mundo y sus múltiples escenarios y personajes; de la psicología, del amor, de las tramas y los traumas en los diversos estratos de una época, de una sociedad; total, quienquiera diversos argumentos de genial artificio y de gran calado, de los más variados motivos, conflictos y resoluciones, hasta las insospechadas improntas sobrenaturales, sin duda los hallará, con muchísimos asombros más, en la inmensidad reflejada por Goethe, en esta obra en que sí valen los calificativos de genial, brillante, colosal…

* ¡Charros! Ese pistiyo, con tantos chillos, ni testigo fue. Y digo esto por la misma forma de Estado en que vivimos, es decir, por si me quisieran “poner” o por si me quisieran aplicar otro impuesto fiscal, tal cantidad ya no existe. ¡Vaya! Qué terror al que hemos llegado; ya no se puede ser transparente y de buena fe lo más tranquilo posible.

*Salvador “Chamba” Juárez, es un Poeta e Intelectual Salvadoreño Colaborador del Observador Juvenil.

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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  1. pawee
    junio 30, 2010 en 6:34 pm

    considero que, los escritos de Salvador,son una especie de “documentos de antropología humana”…muy pero muy valiosos, para estudiar al ser humano, no sólo hoy, sino cuando el tiempo carcoma este siglo.

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