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La URSS: algunos testimonios literarios


Por Pepe Gutiérrez.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Para vivir necesitamos el presente, pero para explicar el presente necesitamos del pasado, y si estamos hablando de cambiar el mundo, nuestro pasado es ante todo, la historia soviética, y de todo lo que planteó…Pasará el tiempo, y el debate sobre el peso del pasado seguirá vigente, quizás porque, como dijo William Faulkner, el pasado ni tan siquiera es pasado. Esta vivo, sobre porque su presencia fue decisiva, y no menos decisiva es su ausencia. También, porque es una historia que hasta gente relativamente  pudimos tocar con nuestras manos.

También, y quizás muy especialmente, porque en la confrontación entre las fuerzas conservadoras y las que queremos cambiar el orden, la valoración de dicho pasado sigue teniendo un lugar determinante. En las tres últimas décadas, esta ha sido la historia de una derrota, derrota de la que ahora nos estamos recuperando.

Obviamente, resulta fundamental comprender que las nuevas batallas ya no pueden darse como antes, como en el tiempo de derrotas, al igual que el antifranquismo no planteó su propia batalla en darla la vuelta a la tortilla de la guerra, sino buscando un nuevo horizonte, una nueva realidad desde la que poder trabajar por objetivos que, bajo otros formatos, estuvieron plenamente vigente en tiempos de derrota…

Este debate se desarrolla bajo formas muy diversas, y el de la historiografía es sin duda, el más importante. Pero quizás el más atractivo sea el de a literatura, que existió, también bajo diferentes trajes, pero el más vivo y auténtico de todos fue el que se libró por la revolución en contra de los que le habían usurpado, y la habían convertido en otra cosa que fue letal sobre todo para los revolucionarios que no se inclinaron, que sin traicionar sus ideales, trataron de de dar testimonio y en cierta medida explicar  un fenómeno que la mayoría tardaría décadas en comprender, y que algunos s niegan a comprender todavía, aferrados a fórmulas de fidelidades simples y dogmáticas, contrarias a toda evidencia…

Se trataba de dar n sentido a una terrible ironía de la historia, y eso es lo que se desprende de una obra descomunal y desgarradora como La noche quedó atrás (1941), de Jean Valtin (Seix Barral), sea considerada como un clásico de aquellas “confesiones de ex comunistas” que se convertirían en subgénero de la literatura memorialista durante la guerra fría, cuando su autor fue un espartakista que creyó que en el estalinismo del tercer período.

En la misma o­nda cabría registrar testimonios tan impresionantes como  los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, compuesta por seis volúmenes  (editadas por la cuidadosa editorial Minúscula de Barcelona), de los que ya llevan dos…También están las memorias de la viuda de Bujarin, Anna Larina,    Lo que no puedo olvidar (Círculo de Lectores, Madrid), por no hablar de las ya publicadas como El vértigo, de Eugenia Ginzburg, se encuentran asequibles en las librerías, y sobre las cuales he tratado de contar alguna cosa en diferentes artículos.

En este mismo trayecto   se incluye con todas las de la ley una de las obras mayores de Víctor Serge, El caso Tuláyev (1), publicada casi treinta años después de otras obras suyas editadas en estos lares sobre la misma experiencia como Los años sin perdón y Medianoche en el siglo, situadas en la ola memorialista de los años setenta.

Pero en algunas de estos casos conviene estar muy al tanto ya que las grandes editoriales comparten esa misma conciencia de clase de los apólogos del presente (o sea de un tiempo en el que la iniciativa de la lucha de clases la toman desde arriba), de manera que tienen mucha cuidado a quienes ofrecen los prólogos, siendo en nuestro caso muy significativo el caso de Don Antonio Muñoz Molina quien ha tenido a bien firmar algunos de ellos siguiendo un criterio singular: el haber sido víctima o incluso adversario radical del estalinismo no exonera al comunista de la mera responsabilidad de serlo. No es necesario verificar que Don Antonio  jamás aplicará esta normativa a ninguna otra ideología, que por ejemplo pueda molestar a católicos y populares por sus connivencias con el franquismo.  Pero el anticomunismo tiene esta particularidad, y otra muestra de ello nos la ofrece una señora como Susana Sontag que prologa esta impresionante novela de Víctor Serge con su impresionante bagaje cultural, y con una sutileza de cirujano de alta escuela,  dedica buena parte de lo que escribe a elogiar a Víctor Serge, eso sí, convertido inexorablemente, en un ex, exanarquista, exbolchevique, extrotskista,  con lo cual parece querer convencernos de una variación del arrepentimiento cristiano: un arrepentimiento final que debería librarlo de los mayores pecados.

Y para que quede constancia de que una cosa fue este Víctor Serge, héroe ético y escritor apátrida por naturaleza, de un gran talla y al políglota (dominaba cinco lenguas) que ninguna patria ha querido reconocer, y otra muy diferente el “comunismo”, concepto que la escritora Norteamérica, conocida por sus compromisos individuales, amplia igualmente a León Trotsky sobre el que planifica una maniobra de simetría que habría firmado muy a gusto Antonio Muñoz Molina. Al decir de la escritora norteamericana –tan interesante por lo demás- Trotsky, aparte de “excomulgar” a Serge, al que “denunciaba como anarquista encubierto”,  es acusado nada menos que “mientras Serge manifestaba en Bruselas su adhesión a la Cuarta Internacional- como se denominaba la liga de partidarios de Trotsky- sabía que la propuesta del movimiento no era una alternativa viable a las doctrinas y prácticas leninistas que habían llevado a la tiranía estalinista (Para Trotsky, el crimen consistía en que se estaba ejecutando a la gente equivocada)…” (p.XXI).

Curioso prólogo éste. Escrito con brillantez como era propio de un autora tan reconocida, pero con unos conocimientos bastante lamentables, y puesta al servicio del mismo propósito que guía las ediciones de Muñoz Molina y otros.  Desde luego, no seré yo el que justifique la “mala leche” que Trotsky se gastó con Serge, que fue la misma que aplicó contra Abreu nin y el POUM con los que tenía muchas diferencias pero no pocas coincidencia en un tiempo trágico donde los haya.  Pero esa actitud no le impidió mantener una intensa correspondencia entre camaradas, esto a pesar de frases como esas que desde luego no tenían el carácter peyorativo que le atribuye la Sontag, entre otras cosas porque la práctica totalidad de los anarquistas que se hicieron bolcheviques (Serge, Monatte, Rosmer, Nin, Maurín), fueron antiestalinistas “prematuros”, y el tema de fondo radica en los acontecimientos de Kronstadt sobre los que Serge avanzaba unas reservas que en la medida en que se conocen los hechos resultan cargadas de razón.

Sin embargo, el tal Trotsky no rehúso, no negó sus responsabilidades, y debatía con Serge sobre la oportunidad de una internacional que éste último consideraba precipitada, debate que Trotsky desarrollará también con un joven Isaac Deutscher.  La dureza polémica no impidió que en su evolución humanista y desencantada Víctor Serge, mantuviera firme su idea de que la revolución rusa fue “traicionada”, que entre el leninismo y el estalinismo mediaba un abismo, sobre todo en unas condiciones que la señora Sontag se pasa por el forro.  Víctor Serge dijo siempre lo contrario, por lo tanto aquí Susan habla por “motu propio” aunque juega de manera que parece que es Serge el que habla. Lo mismo que su caracterización de la IVa internacional responde más allá a sus propias querellas con el trotskismo norteamericano sobre todo cuando la mayoría de éste dio un paso hacia el castrismo mientras daba oro fuera de la Internacional.

En cuanto a lo de “el crimen consistía”, es una demostración de que el los métodos estalinistas pueden florecer en los jardines más insospechados. No hay una sola  línea en Trotsky que permite semejante afirmación, no es más rigurosa que la afirmación que si los judíos hubieran podido habrían aplicado el “holocausto” a los alemanes, ni desde luego más honesta.  Y desde luego no tiene nada que ver con Víctor Serge que nunca mostró la menor diferencia con Trotsky sobre esta cuestión, no en vano fue el traductor al francés de La revolución traicionada, y no en vano  Serge dedicó uno de sus últimos libros a la Vida y muerte de León Trotsky (2), cuyos párrafos finales dicen lo siguiente:

Toda su larga y laboriosa existencia de luchas, de pensamiento, de oposición inflexible a lo inhumano, León Davidovitch la había consagrado a la causa de los trabajadores. Cuantos se le han aproximado conocen la medida de su desinterés, saben que no concebía su propia vida sino en función de una gran tarea histórica, no vinculada a su particular destino, sino al movimiento de las masas socialistas conscientes de los peligros y de las posibilidades de nuestra época. “Vivimos tiempos amargos, escribía, pero no nos queda otra patria que elegir”. Era íntegro de carácter, en el más amplio sentido del término:’ no concebía discontinuidades entre la conducta y las convicciones, entre la idea y el acto; jamás admitió que a lo transitorio, a lo personal, al pequeño egoísmo sin trascendencia, pudieran sacrificarse los intereses superiores que dan sentido a la vida.  Su rectitud moral se vinculaba con una inteligencia objetiva pero apasionada, siempre tensa hacia lo profundo y amplio, hacia el esfuerzo creador y el combate justo… Y era a la vez sencillo. Le ocurrió escribir sobre el margen de un libro cuyo autor aludía a sus “ansias de poder”: “(Otros) habrán querido el poder por el poder. Yo he ignorado siempre ese sentimiento… He buscado el poder sobre las inteligencias y las voluntades…”. Más que un autoritario, aunque apreciaba la utilidad práctica de la autoridad, se sentía un animador, un educador de hombres, no porque halagase sus bajos instintos, sino porque apelaba al idealismo, a la claridad mental, a la grandeza de ser hombres cabales, de nuevo tipo, llamados a transformar la sociedad.

Quienes lo han hostigado y muerto, .corno han muerto a la revolución rusa y martirizado al pueblo soviético, conocerán .el castigo. Ya han atraído sobre la URSS., debilitada por las masacres denominadas “depuraciones estalinianas”, la invasión más desastrosa. Continuarán marchando hacia el abismo… Pocos días después de su muerte, yo escribía —y nada cambiaré de esas líneas— lo siguiente: “A lo largo de su heroica vida, León Davidovitch creyó en el porvenir, en la liberación de los hombres. Lejos de debilitarla, los años últimos y sombríos, maduraron su fe, que el infortunio afianzó. La humanidad futura, libre de toda opresión, eliminará de su vida la violencia. Como a tantos otros, él me ha enseñado a creer en ello”.

Está claro: según en qué cuestiones,   Susan Sontag utilizaba el nombre de Víctor Serge en vano.  Claro que esa debería ser una condición sine qua non para aparecer en el libro, sobre todo desde que la misma autora sorprendió un día a propios y extraños con una declaración de anticomunismo que, obviamente, fue aplaudida pro los que trataban de convertir este valle de lágrimas en un lugar “sin alternativas”…

En su momento, dicha declaración estuvo a la moda, hoy la cosa está cambiando. Por sí hacía falta, la descomposición de la URSS está demostrando cada día, quienes eran los peores.

Notas

—(1)  El caso Tuláyev, Alfaguara, Madrid, 2007, 429 págs.

—(2) Escrito con la colaboración con Natalia Sedova, en el cierre del libro se da el siguiente dato “Coyoacán, junio de 1947”. La cita está tomada de la edición de El Yunque editora,  Buenos Aires, 1974, p. 279.

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