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Me duelen las manos


Por Silvia Delgado.

Observador Juvenil/Kaos en la Red.

Me duelen las manos de escribir sobre el terror de vivir en tiempos como estos donde la barbarie nos revienta. Me duelen cada uno de los huesos cada vez que deletreo el horror de las tetas resecas, de la piel agrietada, de los niños con las rodillas clavadas en la tierra yerma.

Me duelen las manos de contar que la violencia en todas sus formas es una epidemia que extiende sus alas negras, cada vez más grandes, cada vez más negras.

Me duelen las manos de hablar de los terroristas que bajan los pulgares desde sus tronos imperiales, de los que explotan la vida, de los que secuestran la libertad y la bombardean. De los dementes, locos de atar, que nos gobiernan, que planean fulgurantes guerras donde ellos poco arriesgan.

Me duelen las manos, joder, ¡cuánto me duelen!, cuánto duelen cada uno de estos huesos cuando explican los muertos amontonados en acequias, amontonados bajo lluvias de plomo, de uranio, de pobrezas, cuànto duelen los dedos cuando escribo sobre los asesinos que descuartizan la vida de pueblos completos.

Me duelen las manos, los huesos, las uñas, me duelen los hombros, los ojos, me duele el hígado y ya no me quedan poemas con los que deletrear el fascismo risueño en el que vivimos.

Y me duelen sobre todas las cosas las palabras que hoy, quedan tristes en las cunetas, esperando que regresemos a recogerlas, esperando, sedientas, que les devolvamos su sentido primigenio, me duelen las más sencillas, las que dijeron tanto, las que recogían la memoria, las que señalaban las fosas y sus sombras, las que anotaban los aullidos, las que clavaban su dolor en los oídos más castos, las que hacían temblar y frenaban los zarpazos de la codicia.

Me duelen si, sobre todas las cosas estas palabras sencillas, gastadas de tanto repetirlas.

Paz, justicia.

Justicia, paz.

Es hora ya de devolverles la dignidad diciendo alto y claro sus nombres.

Aunque nos duelan las manos de escribirlas, aunque nos duela la voz y las canciones, aunque nos duela el corazón, repetirlas, exigir que estén cerca, a nuestro lado, mientras andamos, mientras soñamos, llevarlas en brazos, curar  sus heridas, no dejar que nos las arranquen.

Nunca debimos dejar que las manosearan.

Nunca debimos permitir que las ensuciaran.

Hoy necesitan todo nuestro coraje para defenderlas, aunque nos duela.

Aunque nos sangre el dolor como a ellas les sangra su historia.

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